Última actualización 29 de Noviembre de 2006.


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Panel de Expertos Mayo 2002

NUTRICIÓN EN LA HEPATOPATÍA CRÓNICA

Eduard Cabré Gelada
Servicio de Aparato Digestivo
Hospital Universitari Germans Trias i Pujol. Badalona


Introducción

Los pacientes con cirrosis hepática constituyen uno de los colectivos con mayor prevalencia de deterioro nutricional, especialmente cuando la enfermedad se ha descompensado. Sin embargo, la atención que, en términos generales, se dedica a su tratamiento nutricional en los hospitales es comparativamente menor que en otros grupos de enfermos (p. ej.: postoperados, enfermos críticos). Por otra parte, hay que señalar que muchos de los trastornos nutricionales propios de la cirrosis avanzada se gestan en fases mucho más tempranas de la enfermedad. En consecuencia, su prevención y corrección dependen, en la mayor parte de las ocasiones, de actuaciones a largo plazo que exceden el tiempo habitual de una hospitalización y que es preciso poner en práctica en el ámbito de la asistencia ambulatoria.

La presente es una revisión de la prevalencia, las causas y las consecuencias de la malnutrición en las hepatopatías crónicas, así como su tratamiento con nutrición artificial o suplementos nutricionales.

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Prevalencia de malnutrición en la cirrosis

La práctica totalidad de los estudios de prevalencia de malnutrición energético-proteica (MEP) en la cirrosis se realizaron, en la década de los 80, en series de enfermos hospitalizados o, lo que es lo mismo, con enfermedad avanzada o complicada. Dichos estudios cifraron la prevalencia de MEP en cirróticos hospitalizados entre el 88% y el 100% (1-3). En estudios más recientes en enfermos adultos, incluidos en lista de espera para transplante hepático ortotópico (THO), la prevalencia de MEP oscila entre un 33% y un 90% (4). La MEP, que se manifiesta como retraso del crecimiento, es también un fenómeno muy frecuente en los niños candidatos a THO, sobre todo en aquéllos menores de un año (5).

No obstante, hay que tener presente que, aun siendo un fenómeno clínicamente manifiesto en la cirrosis descompensada, la MEP se inicia en fases relativamente tempranas de la enfermedad (cirrosis compensada). En este sentido, un estudio en el que se cuantificó el nitrógeno corporal total, mediante análisis de activación de neutrones in vivo, en pacientes cirróticos con diferente reserva funcional (evaluada mediante el baremo de Child-Pugh), puso de manifiesto que casi el 50% de los 17 pacientes bien compensados (Child-Pugh A) estudiados tenían cifras de nitrógeno corporal total por debajo de lo normal (6).

Aunque el número de pacientes de este estudio es pequeño para evaluar la prevalencia de MEP en la cirrosis compensada, es lógico pensar que éste sea un fenómeno frecuente, aunque difícil de detectar con los métodos diagnósticos disponibles en la clínica. Ello hace especialmente relevante el conocimiento de los mecanismos patogénicos de la MEP en la cirrosis. Sólo en la medida, en que seamos capaces de corregir estos cambios fisiopatológicos, podremos prevenir el desarrollo de MEP clínicamente manifiesta en estos pacientes.

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Patogenia de la malnutrición en la cirrosis

Los mecanismos patogénicos de MEP en las hepatopatías crónicas son diversos (Tabla I). Algunos son relevantes sólo en una minoría de pacientes. Así, la malabsorción y/o maldigestión de nutrientes es rara y sólo ocurre en algunos enfermos con cirrosis alcohólica y pancreopatía crónica asociada, o en las cirrosis de origen colestásico. También las pérdidas proteicas intestinales son poco frecuentes. Por su parte, la disminución de la síntesis proteica hepática es un fenómeno propio de fases muy avanzadas de la enfermedad.

El déficit de ingesta alimentaria es un mecanismo muy importante de malnutrición en los cirróticos hospitalizados. Estudios semicuantitativos del nivel de ingesta hospitalaria en estos pacientes lo han situado por debajo del 50% de la ingesta teórica, siendo la anorexia y la prescripción de dietas poco apetitosas (hiposódicas) sus causas más importantes (7). La relevancia del déficit de ingesta alimentaria en los cirróticos bien compensados apenas ha sido evaluada, aunque la experiencia clínica parece indicar que la ingesta de estos enfermos es habitualmente adecuada. De hecho, un estudio reciente en el que se han investigado los trastornos de la función gustativa en la cirrosis señala que, si bien estos enfermos presentan una disminución de dicha función para todos los sabores básicos, ello no influye sobre sus preferencias alimentarias (8). Ello implicaría que los pacientes cirróticos compensados son perfectamente capaces de consumir, de forma espontánea, una dieta equilibrada.

Los pacientes cirróticos presentan alteraciones bien definidas del metabolismo intermediario que consisten, fundamentalmente, en un peculiar patrón de oxidación de substratos energéticos. En un estudio ya clásico, Owen et al. (9) demostraron que, tras un ayuno de 12 horas, los enfermos cirróticos oxidan una mayor proporción de grasas (y también de proteínas) y menos carbohidratos que los individuos sanos, en un comportamiento metabólico que se asemeja al de un sujeto normal tras un ayuno prolongado de tres días de duración. Ello es debido a la depleción de las reservas de glucógeno que presentan estos enfermos: 1) La reserva de glucógeno hepático se agota debido a la propia enfermedad hepática y 2) la reserva de glucógeno muscular disminuye debido a la resistencia periférica (muscular) a la acción de la insulina que, de forma prácticamente universal, presentan los enfermos cirróticos (10). La consecuencia de este incremento del consumo de grasas y proteínas es la depleción de las reservas adiposas y la disminución de la masa muscular. Esta situación metabólica puede empeorar si el paciente presenta un incremento del gasto energético en reposo (GER) (hipermetabolismo).

Existe una notable controversia en definir si los pacientes cirróticos son o no hipermetabólicos. En una serie amplia de 123 cirróticos estables se demostró que sólo alrededor del 20% de los pacientes eran hipermetabólicos; el resto eran normometabólicos, o incluso hipometabólicos (30%) (11). En este mismo estudio, la prevalencia de hipermetabolismo fue mayor en aquellos pacientes con MEP más grave.

Aunque, a primera vista, un 20% de pacientes hipermetabólicos puede parecer un porcentaje escaso, hay que tener presente que se trataba de pacientes estables. De hecho, los pacientes cirróticos pueden vivir situaciones en las que el hipermetabolismo es mucho más frecuente. Entre estas cabe citar las infecciones graves, a las que estos pacientes son particularmente susceptibles, el alcoholismo activo, o la presencia de ascitis a tensión.

Todos los trastornos, que hemos descrito (cambios en el patrón de oxidación de substratos energéticos, resistencia insulínica, incremento del gasto energético), se han evaluado, en general, en grupos heterogéneos de pacientes, tanto por lo que se refiere a la etiología de la cirrosis, a su fase evolutiva y, sobre todo, al estado nutricional. El hecho de que muchos de los pacientes de estos estudios estuvieran ya malnutridos no permite dilucidar, a ciencia cierta, si los fenómenos observados son causa o consecuencia de la malnutrición.

En este sentido, son especialmente relevantes los resultados de un estudio (12) en el que estos fenómenos se evaluaron en un grupo de cirróticos, si bien reducido (10 pacientes), muy homogéneo; todos eran varones, portadores de una cirrosis de etiología viral y pertenecían al grupo B de la clasificación de Child-Pugh. Además, todos ellos tenían una composición corporal normal, evaluada mediante técnicas de dilución isotópica, lo que equivale a decir que estaban bien nutridos. Los autores pudieron documentar la presencia de resistencia insulínica, incremento de la oxidación de lípidos y aumento del GER en estos pacientes (12), lo cual indica que estos fenómenos se producen antes de que se deteriore el estado nutricional y serían la causa (más que la consecuencia) de la malnutrición en la cirrosis.

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Consecuencias clínicas de la malnutrición en la cirrosis

Las consecuencias de la malnutrición son a priori las mismas en la cirrosis que en otras situaciones clínicas. La presencia de MEP es un factor agravante de la inmunosupresión que ya presentan estos pacientes, con el consiguiente incremento de su susceptibilidad a las infecciones. Por otra parte, la depleción proteica tiene consecuencias negativas tanto sobre el propio hígado (lo que puede empeorar aún más la función hepática de estos enfermos) como sobre el intestino. Este último efecto podría dar como resultado: 1) una disminución de la absorción de nutrientes que contribuiría a la autoperpetuación de la MEP, y 2) un deterioro de la función de barrera intestinal que favorecería la traslocación bacteriana y facilitaría el desarrollo de infecciones de origen entérico (v. gr. bacteriemias, sepsis, peritonitis bacteriana espontánea).

Todos estos efectos deberían dar como resultado, en último término, una disminución de la supervivencia de estos pacientes. En efecto, diversos autores han documentado que la mortalidad a corto y medio plazos es superior en aquellos pacientes cirróticos con MEP más grave (2,13). Además, algunos estudios, que han evaluado los factores pronósticos en la cirrosis mediante técnicas multivariantes, han identificado parámetros nutricionales, de índole diversa, como factores predictivos independientes de la supervivencia en estos enfermos (14,15).

La trascendencia pronóstica de la MEP en la cirrosis cobra especial importancia en los pacientes candidatos a trasplante hepático. Series retrospectivas, publicadas en los años 80, ya indicaban que la evolución tras el trasplante era peor en los pacientes que llegaban peor nutridos al quirófano. En un estudio prospectivo, Selberg et al. (16) identificaron, como pacientes con elevado riesgo nutricional para el trasplante, a aquéllos con hipermetabolismo (aumento del GER >20%) o a aquéllos que, presentando un incremento del GER sólo moderado (<20%), tenían depleción de la masa celular corporal (>35% del peso corporal) evaluada mediante análisis de impedancia bioeléctrica. La mortalidad tras el trasplante (especialmente durante el primer año) fue superior en estos pacientes que en los que no presentaban estos factores de riesgo. Es notable el hecho de que la supervivencia postrasplante de esta serie no varió significativamente en función del baremo de Child-Pugh preoperatorio (16).

Un estudio reciente (17) ha investigado los mecanismos por los que la malnutrición puede empeorar el pronóstico postrasplante. En 29 pacientes sometidos a trasplante se determinaron los niveles de glucógeno en el órgano trasplantado y en el músculo esquelético del receptor, así como las concentraciones plasmáticas de citocinas proinflamatorias (TNF-alfa, IL-1bß e IL-6), lactato, piruvato y cuerpos cetónicos durante y después del trasplante. Los pacientes malnutridos (deplecionados de glucógeno) mostraron un cociente plasmático lactato/piruvato más elevado, durante la fase anhepática, que los pacientes con glucógeno normal, y ello se siguió de una respuesta citocínica más intensa. Estos datos sugieren que la depleción de glucógeno (energía) facilitaría la respuesta inflamatoria sistémica y el fallo multiorgánico tras el trasplante.

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Terapia nutricional ambulatoria en la cirrosis

Los objetivos de la terapia nutricional ambulatoria en los pacientes cirróticos son: 1) prevenir el desarrollo de MEP en los cirróticos bien compensados, 2) corregir los déficit nutricionales de los cirróticos avanzados, consolidando los beneficios eventualmente obtenidos con nutrición artificial a corto plazo (intrahospitalaria), y 3) contribuir a mejorar la calidad de vida de estos pacientes.

Hay que señalar que la dietoterapia convencional es la herramienta más importante del tratamiento nutricional a largo plazo en la cirrosis. Una ingesta dietética adecuada reducirá la necesidad de nutrición artificial en estos pacientes. Estudios realizados en Francia (18,19) pusieron de manifiesto que la provisión de unas 40 Kcal/Kg/día durante un mes a un grupo de cirróticos, gravemente desnutridos, era capaz de incrementar su masa grasa con independencia del grado de insuficiencia hepática. No obstante, esta respuesta no se produce en presencia de ascitis refractaria o de hipometabolismo (GER <90% de lo esperado), mientras que la dieta es particularmente efectiva en los enfermos hipermetabólicos (GER >110% del valor esperado) (18,19).

Por otra parte, autores daneses (20,21) han demostrado que la administración de proteínas en la dieta es considerablemente eficaz en los cirróticos, en términos de retención proteica, y que este efecto es fundamentalmente debido a un incremento de la síntesis proteica más que a una disminución de su degradación.

Los pacientes cirróticos compensados y la gran mayoría de los descompensados pueden tolerar, perfectamente, una dieta oral convencional normal (22). La intolerancia a las proteínas convencionales es una eventualidad que se produce, de manera transitoria, en los episodios de encefalopatía aguda y, especialmente, en los pacientes, por fortuna poco frecuentes, afectos de encefalopatía crónica. En estos casos, el uso de una dieta lacto-ovo-vegetal, cuyo aporte proteico depende de lácteos, huevos y legumbres, evita restringir la cantidad de proteínas de la dieta (22). Huelga mencionar que los pacientes con ascitis se benefician de una dieta con restricción de sodio y agua.

El concepto de que mínimas modificaciones, en la distribución de la ingesta durante el día, pueden inducir cambios significativos en el patrón de oxidación de los substratos energéticos en los cirróticos es particularmente interesante (23,24). Chang et al. (25) demostraron que la administración de un suplemento nocturno de 50 g de carbohidratos en estos pacientes produce un aumento de la oxidación de los carbohidratos a la mañana siguiente, junto a una disminución de la oxidación de las grasas y las proteínas, sin que ello se acompañe de un incremento en el GER. En cambio, estos efectos no se observaron en individuos sanos. La confirmación, en series más amplias y a largo plazo, de estos resultados sugiere que intervenciones dietéticas mínimas (como un suplemento nocturno) podrían reducir drásticamente el riesgo de malnutrición en la cirrosis.

Otro aspecto del tratamiento nutricional ambulatorio, de especial relevancia en los cirróticos malnutridos, es la administración por vía oral de suplementos basados en fórmulas químicamente definidas. En un estudio controlado en cirróticos alcohólicos (26), la administración de un suplemento diario de 1000 Kcal y 34 g de proteína de una fórmula polimérica estándar durante un año se acompañó de una menor necesidad de hospitalización, a expensas de una disminución de las hospitalizaciones por infección. Además, la mortalidad del grupo terapéutico fue marcadamente inferior a la del grupo control, aunque la diferencia no alcanzó significación estadística (probablemente por el insuficiente tamaño de la muestra estudiada).

En este mismo sentido, tienen interés los resultados de un estudio retrospectivo que comparaba un grupo de 43 cirróticos, que recibieron un suplemento diario de 630 Kcal y 40 g de proteína, con la de un grupo de 43 controles históricos no suplementados (apareados por edad, sexo y etiología de la cirrosis) (27). La probabilidad de supervivencia a los 6 meses del grupo suplementado fue significativamente superior a la del grupo control (98% vs. 75%) (27).

Estos esperanzadores resultados justifican la práctica de estudios controlados con un número suficiente de enfermos para evaluar el efecto de los suplementos enterales, a largo plazo, en la cirrosis avanzada, especialmente en determinados subgrupos de pacientes en los que parecen particularmente indicados:

1) Aquellos pacientes cirróticos hospitalizados que han requerido, por su deterioro nutricional, nutrición enteral durante su hospitalización. En muchos de estos pacientes sería deseable prolongar la nutrición enteral a domicilio, una práctica que, aunque factible, requiere mayor utillaje, personal y cuidados por parte de la familia del paciente. La administración de nutrición enteral parcial, en forma de suplemento por vía oral, sería una alternativa razonable.

2) La administración de suplementos enterales por vía oral constituye un enfoque factible (y probablemente más realista que la nutrición artificial) en la nutrición preoperatoria del trasplante hepático. En nuestro medio, el tiempo, que transcurre entre que un paciente es incluido en lista de espera para trasplante y tiene lugar la operación, oscila entre 6 y 12 meses. Por consiguiente, iniciar los suplementos cuando el paciente entra en lista de espera para trasplante sería una práctica razonable. Desgraciadamente, ésta es una práctica poco extendida en Europa (28). De hecho, la experiencia de los centros norteamericanos, en los que dicha práctica es rutinaria, indica que la frecuencia de malnutrición en el momento del trasplante puede reducirse a tan sólo un 10% y la mortalidad postrasplante (tras una media de 1 año de seguimiento) a sólo el 7% (29). Recientemente, Le Cornu et al. (30) han publicado los resultados del primer estudio controlado en que se aleatorizaron 82 candidatos consecutivos a trasplante, con disminución de la masa muscular, para recibir durante todo el periodo de espera un suplemento enteral diario de 750 Kcal y 20 g de proteínas, además de la dieta convencional (n= 42) o sólo con dieta convencional (n= 40). Los pacientes suplementados mejoraron su masa y fuerza musculares. La suplementación nutricional no afectó el resultado del trasplante, si bien, se produjeron más fallecimientos en el grupo control (sobre todo pre-trasplante) con una significación estadística marginal (p= 0,075) (30). Ello indica que la muestra es probablemente insuficiente, y debería estimular la realización de estudios multicéntricos, en este campo, con tamaños muestrales adecuados.

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Nutrición artificial en los cirróticos hospitalizados

Teniendo en cuenta la elevada prevalencia de malnutrición grave en la cirrosis, es lógico pensar que un buen número de estos pacientes sean candidatos a recibir nutrición artificial cuando, por descompensaciones u otros procesos agudos sobreañadidos, deben ser hospitalizados.

No existen estudios controlados que hayan comparado la eficacia, tolerancia y seguridad de la nutrición enteral total (NET) versus la nutrición parenteral total (NPT) en la cirrosis. No obstante, como en otras situaciones clínicas, siempre que sea posible se recomienda el uso de NET, a menos que esté formalmente contraindicada. A los argumentos habitualmente utilizados para hacer esta recomendación (v. gr. menor coste, efecto trófico intestinal, menor morbilidad potencial de la NET) (31) cabe añadir, en el caso de los cirróticos, la posibilidad de hacer una más adecuada restricción de la ingesta hídrica con NET que con NPT. De hecho, en un estudio controlado comparando NPT + dieta oral versus dieta oral sola en cirróticos, la NPT se asoció a un peor manejo de la ascitis en aquellos pacientes que la presentaban (32).

Hasta la fecha, sólo se han publicado cuatro estudios controlados que evalúan la eficacia de la nutrición enteral en la cirrosis (33-36). Además, sus características, descritas en la Tabla II, los hacen difícilmente comparables. En primer lugar, el tipo de pacientes incluido es distinto en cada estudio (en cuanto a la presencia o ausencia de hepatitis alcohólica asociada y a la presencia o ausencia de hemorragia digestiva secundaria a hipertensión portal) (Tabla II). En segundo lugar, algunos estudios utilizan exclusivamente nutrición enteral, mientras que otros permiten la ingesta de alimentos convencionales en el grupo terapéutico (Tabla II). Finalmente, la composición de la dieta enteral es asimismo diferente. Estas diferencias son particularmente manifiestas en dos aspectos: el contenido en aminoácidos de cadena ramificada (AACR) y la densidad calórica (Tabla II).

A pesar de esta heterogeneidad, los tres primeros estudios (33-35) coinciden en concluir que el grupo que recibió nutrición enteral evolucionó mejor que el grupo control en lo que respecta al estado nutricional (probablemente porque se asoció a una mayor ingesta energético-proteica) y a la función hepática (que mejoró o, cuando menos, no se deterioró) (Tabla III). Además, en uno de los estudios (34) la mortalidad intrahospitalaria fue significativamente menor (12%) en el grupo que recibió NET que en el que recibió dieta oral convencional (49%) (Tabla III).

Por el contrario, el estudio de más reciente publicación (36) no fue capaz de documentar ninguno de estos beneficios (Tabla III). Hay que señalar, sin embargo, que este estudio se realizó en pacientes cirróticos que habían superado recientemente un episodio de hemorragia por varices esófago-gástricas, muchos de los cuales no presentaban ningún otro signo de descompensación. Además, el diseño del estudio permitía la ingesta oral convencional a partir del cuarto día en ambos grupos, de tal manera que no se registraron diferencias en la ingesta energético-proteica diaria media entre ambos grupos. De hecho, la mayoría de los pacientes del grupo control fueron capaces de ingerir unos 2.000 Kcal/día a partir del cuarto día. Probablemente, cabe concluir de este estudio que, en el tipo de pacientes estudiados, la nutrición artificial era innecesaria.

En este sentido, hay que señalar que no existen estudios controlados suficientemente amplios para permitir identificar aquellos subgrupos de cirróticos que pueden beneficiarse más de la administración de NET. Estudios de este tipo tienen un interés obvio, con vistas a optimizar los recursos sanitarios. Con todo, es razonable indicar NET en los pacientes con cirrosis avanzada y MEP grave, habida cuenta que su ingesta convencional es muy pobre y que la NET, cuando se administra por sonda, garantiza una adecuada provisión de nutrientes.

En segundo lugar, cualquier situación, que sea indicación de NET en otros pacientes, también lo será (y quizá con mayor razón) en el enfermo cirrótico. Las infecciones graves (sepsis, neumonías, peritonitis bacterianas espontáneas), frecuentes en estos enfermos, son situaciones paradigmáticas en este sentido.

Otra potencial indicación de NET en la cirrosis es la coexistencia de un episodio de hepatitis alcohólica grave asociada. De hecho, un estudio controlado multicéntrico, realizado en nuestro medio, señala que, en los pacientes con hepatitis alcohólica grave, la administración de NET se asocia a una mortalidad y a una tasa de infecciones a corto plazo comparables a las del tratamiento con corticosteroides (hoy por hoy considerados el "estándar de oro" del tratamiento de estos enfermos) (37). Además, en este mismo estudio, la mortalidad a medio plazo fue superior en los pacientes que habían sido tratados con corticosteroides, en comparación con los que lo habían sido con NET (37).

Por último, el trasplante hepático es otra indicación de soporte nutricional artificial en la cirrosis, especialmente en el periodo postoperatorio (38). Existen estudios controlados que indican que tanto la NET como la NPT son superiores a la fluidoterapia convencional en esta situación (39,40). Otro estudio controlado, con un escaso número de pacientes, no pudo documentar diferencias en la eficacia de ambas modalidades de nutrición artificial en estos enfermos (41), aunque series no controladas, pero más numerosas, apuntan ciertos beneficios adicionales de la NET (42).

La nutrición preoperatoria en el trasplante constituye a priori otra indicación de NET. Sin embargo, no existe ningún estudio, al respecto, posiblemente porque es difícil poner en marcha un programa eficaz de NET preoperatoria en una intervención cuya fecha es imposible prever con exactitud. Por tanto, salvo en situaciones especiales que requieran hospitalización, el enfoque nutricional antes del trasplante debería ser, como se ha mencionado anteriormente, la administración de suplementos en régimen ambulatorio.

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Peculiaridades de las dietas fórmula para los cirróticos

Teniendo en cuenta que el hígado es un órgano de especial importancia en el metabolismo intermediario y en la utilización de los nutrientes, y dadas las peculiaridades de algunos de los déficit nutricionales en la cirrosis (v. gr. déficit de AACR, déficit de ácidos grasos poliinsaturados, etc.), sería lógico pensar que las fórmulas adaptadas a esta situación fueran especialmente eficaces en estos enfermos.

Sin embargo, la realidad es que pocos conceptos son incontrovertibles en este campo. Uno de ellos es que las dietas destinadas a los pacientes cirróticos con ascitis y/o edemas deben ser hiposódicas (no más de 40 mmol de Na/día) y con restricción de agua. Es posible administrar una NET con restricción hídrica suficiente utilizando dietas enterales concentradas (con una densidad calórica entre 1,3 y 1,4 Kcal/mL). Cuando estas dietas se administran mediante goteo continuo intragástrico, con la ayuda de una bomba peristáltica, son bien toleradas y en raras ocasiones producen diarrea (34).

En cambio, un tema especialmente controvertido en los últimos 20 años ha sido la necesidad o no de administrar aminoácidos de cadena ramificada (AACR) a estos pacientes, sobre todo a partir de las evidencias experimentales que implicaban su déficit en la patogenia de la encefalopatía hepática. Durante estos años se ha evaluado el uso de AACR en dos situaciones: 1) como tratamiento de los episodios de encefalopatía aguda en forma de infusiones iv, y 2) como suplementos orales en el manejo de los pacientes con encefalopatía crónica.

Un metaanálisis de los cinco estudios controlados publicados, acerca de la efectividad de las infusiones iv de AACR en la encefalopatía aguda, puso de manifiesto que no había diferencias entre los AACR y el tratamiento convencional (v. gr. lactulosa) en cuanto a la recuperación del episodio de encefalopatía y a la supervivencia de los pacientes a corto plazo (43). En consecuencia, no se recomienda el uso rutinario de AACR en la encefalopatía aguda, habida cuenta de que el tratamiento convencional con lactulosa o lactitol es mucho más barato.

Fabri et al. (44) revisaron los nueve estudios controlados que han utilizado suplementos de AACR por vía oral en el manejo de los pacientes cirróticos con encefalopatía crónica. La heterogeneidad de los estudios, sobre todo desde el punto de vista del diseño, impidió realizar un metaanálisis. Sólo dos de los estudios (aquéllos que incluían mayor número de pacientes) llegaron a la conclusión de que los AACR eran beneficiosos en estos enfermos (45,46). En uno de ellos, Marchesini et al. (46) observaron una disminución significativa del índice de encefalopatía de Conn, a los 3 meses, en los 30 pacientes con encefalopatía crónica que recibieron AACR, circunstancia que no se produjo en el grupo de 34 enfermos que recibieron cantidades equivalentes de caseína. Por su parte Horst et al. (45) realizaron un estudio de tolerancia en cirróticos con historia de intolerancia a la proteína convencional. Durante 4 semanas, los pacientes recibieron dosis crecientes (20, 40, 60, 80 g/día) de AACR o proteína convencional. Siete de los 20 enfermos del grupo control desarrollaron encefalopatía, mientras que ello sólo ocurrió en uno de los 17 pacientes tratados con AACR (p< 0,05) (45).

Así pues, y aunque los resultados no sean uniformemente positivos, cabe señalar que los suplementos de AACR probablemente son útiles en el manejo de pacientes seleccionados con encefalopatía crónica, especialmente aquéllos con intolerancia marcada a las proteínas convencionales, como coadyuvante a la dieta lacto-ovo-vegetal. Por ende, la incorporación de los AACR a las dietas-fórmula destinadas a los cirróticos sólo sería imprescindible en aquéllos pacientes intolerantes a la proteína convencional. No obstante, el eventual efecto anticatabólico de los AACR podría ser una razón adicional para incorporarlos a dichas dietas. Sin embargo, este es un aspecto que no ha sido suficientemente evaluado en la cirrosis (47).

Otros muchos aspectos de las dietas destinadas a los cirróticos merecen ser investigados en el futuro: incorporación de ácidos grasos poliinsaturados, definición de las necesidades de micronutrientes (probablemente incrementadas en estos pacientes), adición de nucleótidos, factores de crecimiento, etc. En realidad, el desarrollo de estrategias nutricionales adaptadas a las necesidades de estos pacientes no ha hecho más que empezar.

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