Última actualización 29 de Noviembre de 2006.


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Panel de Expertos Noviembre 2001

TRATAMIENTO DE LA ENCEFALOPATÍA HEPÁTICA CRÓNICA

Juan Córdoba
Servicio de Medicina Interna-Hepatología
Hospital Universitario Vall d'Hebron
Paseo Vall d'Hebron 119. Barcelona 08035.
Tel: 34-93-2746140
Fax: 34-93-2746068
E-mail: jcordoba@hg.vhebron.es


Introducción

La encefalopatía hepática es una complicación frecuente de la cirrosis hepática que suele verse en pacientes con insuficiencia hepática grave (1). La forma más característica de presentación está constituida por el desarrollo de un episodio de encefalopatía aguda, caracterizado por una brusca disminución del nivel de conciencia y que se manifiesta por un síndrome confusional o coma. Es frecuente que exista un factor precipitante. El tratamiento del episodio de encefalopatía se dirige fundamentalmente a corregir el factor precipitante. Una vez que se ha corregido el factor precipitante, la encefalopatía cede y habitualmente el paciente vuelve a la situación previa. Sin embargo, en algunos pacientes la encefalopatía hepática se vuelve crónica. En estos pacientes no suele existir un factor precipitante, por lo que, además de la búsqueda de un factor precipitante, el diagnóstico y el tratamiento de la encefalopatía crónica debe contemplar una serie de aspectos adicionales.

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Manifestaciones clínicas

La encefalopatía hepática crónica se puede manifestar en forma de episodios frecuentes de encefalopatía aguda (encefalopatía crónica-recurrente) o en forma de manifestaciones neurológicas persistentes (encefalopatía crónica-persistente). La diferenciación entre ambas formas de presentación es subjetiva y obedece al interés de resaltar aquellas manifestaciones neurológicas más prominentes. En la práctica la distinción puede ser difícil, porque los episodios agudos coexisten con las manifestaciones crónicas. Si estas últimas son leves, suele emplearse el término encefalopatía recurrente, mientras que, si son graves, el término a utilizar sería encefalopatía persistente.

En los pacientes con encefalopatía crónica-recurrente los episodios de encefalopatía pueden asociarse a un factor precipitante, pero en su mayoría son espontáneos o relacionados con el abandono del tratamiento. No es infrecuente que estos se atribuyan a estreñimiento, coincidiendo con una dosificación insuficiente de disacáridos no absorbibles. El episodio de encefalopatía aguda espontánea suele tener un inicio y una finalización brusca. Entre los episodios el paciente puede estar perfectamente alerta y no mostrar signos de disfunción cognitiva, a menos que se explore mediante pruebas neuropsicológicas (2). No es infrecuente la presencia de un parkinsonismo leve, caracterizado principalmente por bradicinesia sin temblor.

La encefalopatía crónica-persistente es un trastorno menos frecuente que la forma recurrente, sobre todo desde que se dispone de trasplante hepático y tras la disminución del número de pacientes tratados con derivaciones porto-sistémicas quirúrgicas. Las manifestaciones más características son el desarrollo de demencia, parkinsonismo grave o mielopatía, que pueden asociarse a otras manifestaciones neurológicas (ataxia, disartria, temblor) (3). En los pacientes con demencia hepática el trastorno cognitivo tiene un patrón subcortical y predominan los déficit atencionales, las alteraciones visuoprácticas y la apraxia, que muchas veces siguen un curso fluctuante. El parkinsonismo hepático suele carecer de temblor y, en él, predomina la bradicinesia y la rigidez de presentación simétrica. En el caso de mielopatía hepática se desarrolla una paraparesia espástica con signos de afectación piramidal, asociándose raramente a afectación sensitiva (4).

Es preciso diferenciar los términos encefalopatía hepática crónica y degeneración hepatocerebral adquirida. Aunque se han usado de forma intercambiable, el término degeneración hepatocerebral debe reservase para describir unos hallazgos neuropatológicos concretos (necrosis cortical laminar, pérdida neuronal en los ganglios de la base). En la actualidad, estas alteraciones casi no se ven, por lo que se considera que sólo excepcionalmente corresponden al sustrato patológico de la encefalopatía hepática crónica.

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Problemas diagnósticos

Uno de los problemas diagnósticos más difíciles es diferenciar la encefalopatía crónica de otras enfermedades degenerativas del sistema nervioso central, en especial en los pacientes con cirrosis hepática. El diagnóstico de las enfermedades neurodegenerativas suele basarse en datos clínicos y de neuroimagen que, en la mayoría de los casos, son inespecíficos. Los pacientes con encefalopatía hepática crónica suelen mostrar un curso fluctuante, con episodios de encefalopatía aguda, lo que apoya el diagnóstico de encefalopatía hepática. Sin embargo, las formas persistentes puede que no presenten episodios agudos. Como medida diagnóstica se suele utilizar la respuesta a un ensayo terapéutico. Sin embargo, la falta de respuesta no indica necesariamente que no se trate de una encefalopatía hepática.

La resonancia magnética cerebral puede resultar útil en algunos casos (5). No existen estudios que evalúen la sensibilidad y la especificidad de esta técnica en el diagnóstico de la encefalopatía hepática, en la que habitualmente se ven alteraciones en la imagen y en la espectroscopia. El examen de imagen en T1 muestra, de forma característica, un aumento de intensidad a nivel de los núcleos de la base, sobre todo en el núcleo pálido. La espectroscopia muestra un patrón caracterizado por un descenso de colina, un descenso de mio-inositol y un incremento de glutamina. La ausencia de hiperintensidad T1 y la normalidad del análisis de espectroscopia son argumentos contrarios al diagnóstico de encefalopatía hepática.

En los pacientes con encefalopatía crónica recidivante es importante diferenciar los episodios espontáneos y aquellos asociados a factores precipitantes (Tabla I). En los pacientes que presentan episodios espontáneos debe considerarse que tienen grandes derivaciones porto-sistémicas mientras no se demuestre lo contrario, en lugar de asumir que se trata de la manifestación de una enfermedad hepática terminal sin más consideraciones. En estos casos la ecografía y, sobre todo, la TAC helicoidal resultan muy útiles para la detección de colaterales de gran diámetro que pueden ser susceptibles de oclusión mediante métodos angio-radiológicos.

Entre los factores adicionales, que pueden favorecer el desarrollo de episodios recurrentes, es importante considerar el estado nutricional, especialmente en pacientes alcohólicos que puedan sufrir deficiencias de vitaminas y micronutrientes. Una de estas carencias es el déficit de zinc, que es un cofactor del ciclo de la urea. Se ha investigado la administración de preparados de zinc (600 mg/d) en pacientes con encefalopatía sin que se observasen efectos importantes (6). Sin embargo, parece razonable determinar los niveles de zinc plasmático y añadir preparados de zinc si estos son bajos. Otro aspecto, que se ha investigado recientemente, es la posible importancia de la colonización gástrica por Helicobacter pylori, un microorganismo que contiene ureasa. La erradicación de Helicobacter puede resultar beneficiosa en otras enfermedades, pero no se asocia a una disminución de la amonemia ni a una mejoría de la encefalopatía hepática (7).

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Diseño de un programa terapéutico

En los pacientes con encefalopatía crónica es preciso definir muy bien los objetivos terapéuticos. En la encefalopatía recurrente el objetivo fundamental es evitar los episodios agudos, mientras que en la forma persistente los objetivos son mejorar los síntomas crónicos y la calidad de vida. Para ello se precisan parámetros objetivos que permitan una buena caracterización de los efectos del tratamiento. Se debe calcular el número de días que presentan una limitación importante de la autonomía respecto al nivel basal (por ejemplo analizar si puede trabajar, pasear, andar, comer o asearse sin ayuda). Según lo que se considere el nivel óptimo para aquel enfermo, puede estimarse el grado de pérdida de autonomía (por ejemplo: un 25% no poder trabajar, un 50% no poder pasear, un 75% necesitar ayuda para comer). Existen tablas, desarrolladas para pacientes con demencia, que pueden ser útiles en estas circunstancias (por ejemplo: Escala de Barthel). Además es necesario realizar pruebas psicométricas o neurofisiológicas, en el momento de máxima autonomía, para evaluar los efectos sobre las manifestaciones crónicas.

El tratamiento de la encefalopatía hepática debe acompañarse del tratamiento de otras complicaciones de la cirrosis hepática. Se deberá tener muy en cuenta el posible efecto de estos tratamientos sobre el riesgo de precipitar un episodio de encefalopatía hepática. En los pacientes con ascitis es preferible emplear la paracentésis o los diuréticos. En caso de que se prescriban diuréticos deberán emplearse dosis bajas, que se modificarán en función de la respuesta. Es útil llevar un registro cuidadoso del peso corporal, la dosis de diuréticos y las manifestaciones neurológicas. El paciente y su familia deben entender que es preferible la presencia de un grado leve de edema que el desarrollo de episodios frecuentes de encefalopatía. De las diferentes opciones, para prevenir la hemorragia digestiva, es preferible seleccionar las opciones endoscópicas o farmacológicas y evitar aquellas que aumenten la derivación de sangre porto-sistémica (cirugía o TIPS).

El desarrollo de encefalopatía hepática suele considerarse un signo de mal pronóstico y es por ello que los pacientes que han presentado un episodio de encefalopatía deben ser evaluados como candidatos a trasplante hepático (8). Sin embargo, en los pacientes con encefalopatía crónica persistente la decisión puede ser difícil. La demencia u otras lesiones neurológicas graves, como la paraplejía o los trastornos psiquiátricos, suelen ser consideradas irreversibles. No obstante, se han descrito algunos casos en los que las lesiones mejoraron después del trasplante, por lo que la decisión deberá ser individualizada (9).

Un grupo de pacientes con encefalopatía crónica son aquellos en los que la encefalopatía aparece después de la construcción de una derivación porto-sistémica quirúrgica. En el caso de que la encefalopatía se vuelva grave y resistente al tratamiento es posible ocluir la derivación mediante técnicas de angiorradiología, porque éstas presentan un menor riesgo operatorio que la ligadura quirúrgica (10). Asimismo, también es posible ocluir un TIPS mediante estas técnicas. Sin embargo, en ambas situaciones la decisión de ocluir la derivación debe tomarse con prudencia, porque puede causar una hemorragia digestiva grave. En la mayoría de casos de encefalopatía después de TIPS, ésta mejora con el tiempo, debido a que el TIPS se estrecha de forma progresiva (11). En algunos casos se ha procedido a disminuir el diámetro de la prótesis sin cerrarla totalmente (12). También deberá considerarse la oclusión de colaterales porto-sistémicas en algunos pacientes con cirrosis hepática que presentan colaterales porto-sistémicas espontáneas o en los casos excepcionales de malformaciones porto-sistémicas congénitas (13). Esta técnica debe reservarse para pacientes de bajo riesgo hemorrágico que presentan una buena función hepatocelular.

Además de estas medidas, el paciente deberá seguir unas recomendaciones dietéticas y recibir disacáridos no absorbibles. En algunos casos puede ser útil el empleo de neomicina u otros antibióticos, y drogas dopaminérgicas. Sin embargo, ninguna de estas medidas terapéuticas ha sido evaluada mediante ensayos clínicos bien diseñados que incluyesen un número importante de pacientes. Es por ello que todas las modalidades terapéuticas han sido criticadas. No obstante, la experiencia clínica y los datos presentes en la literatura científica permiten realizar algunas recomendaciones.

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Dieta

Clásicamente se ha recomendado que los pacientes con encefalopatía deben recibir una dieta con escasa cantidad de proteínas. Sin embargo, existen pocos fundamentos para esta recomendación (14,15). Se considera que un objetivo importante en el tratamiento de la encefalopatía es disminuir la concentración de amoníaco plasmático. La ingesta oral de una dieta de elevado contenido en proteínas ocasiona un incremento en el amoníaco plasmático posprandial, por lo que se ha interpretado que, una disminución en la cantidad de proteínas en la dieta, conduciría a una disminución del amoníaco. No obstante esta interpretación puede ser errónea. En modelos experimentales se ha observado que una dieta sin proteínas produce un incremento en la amonemia, debido a que disminuye la actividad de las enzimas del ciclo de la urea (16). También se ha observado que en pacientes con cirrosis hepática estable las dietas de bajo contenido proteico disminuyen la síntesis de urea (17).

Habitualmente, durante el episodio de encefalopatía aguda, se suspende la ingesta oral y se administran sueros glucosados por vía parenteral (1). En la mayoría de los casos se produce una recuperación de la encefalopatía en pocos días y es posible reintroducir la ingesta oral. En este momento es frecuente administrar una dosis moderada de proteínas (40 gramos/día) y proceder a un incremento gradual hasta la máxima tolerancia (70-80 gramos/día). Es probable que la restricción proteica no mejore el curso de la encefalopatía hepática aguda. En los estudios que han evaluado la administración de aminoácidos de cadena ramificada, no se observaron diferencias en la evolución de la encefalopatía, a corto plazo, en función de la dosis de proteínas (14).

Un posible riesgo de la restricción proteica es empeorar el estado nutricional, ya de por sí habitualmente malo en estos pacientes, sobre todo si se mantiene la restricción proteica de forma prolongada. En la encefalopatía hepática crónica la restricción proteica puede tener efectos negativos en la evolución del paciente, ya que el estado nutricional es un parámetro que influye de manera importante en el pronóstico de los pacientes con cirrosis hepática. Además, es posible que una mejoría nutricional se asociase a un mejor control de la encefalopatía hepática. Un incremento en la masa muscular podría facilitar el metabolismo del amoníaco mediante su transformación en glutamina (18).

La mejoría del estado nutricional es difícil, pero deber intentarse. Se considera que es necesario un aporte proteico elevado (1,2 g/kg/día) para conseguir un balance nitrogenado estable. La experiencia clínica y un estudio clásico (19) muestran que la administración de cantidades elevadas de proteínas puede precipitar un episodio de encefalopatía, por lo que los pacientes pueden no tolerarlo. Es recomendable realizar incrementos progresivos en el aporte proteico hasta la máxima tolerancia. En caso de que se desarrolle un episodio de encefalopatía es importante evaluar la posibilidad de que otros factores precipitantes sean los responsables, e intentar de nuevo incrementos progresivos hasta la máxima tolerancia. Una manera de aumentar la tolerancia es modificando la composición de la dieta. Para la misma cantidad de nitrógeno, las proteínas vegetales y las derivadas de la leche precipitan menos encefalopatía que la carne (20). En el caso de las proteínas vegetales se cree que el efecto beneficioso se debe, en parte, a su elevado contenido en fibra.

Los preparados nutricionales ricos en aminoácidos de cadena ramificada pueden ser útiles en algunos pacientes con encefalopatía hepática crónica y mala tolerancia a las proteínas de la dieta (15). Los preparados de aminoácidos de cadena ramificada tiene efectos anti-catabólicos, probablemente por sus efectos energéticos en el músculo y, a través de este mecanismo, podrían favorecer la disminución de la amonemia. En un estudio, que incluyó a 64 pacientes con cirrosis y encefalopatía hepática crónica, el tratamiento con aminoácidos de cadena ramificada durante 6 meses se asoció a un menor número de episodios de encefalopatía (21). Sin embargo, otros estudios con menos pacientes y de menor duración no han conseguido los mismos resultados (22). Un aspecto importante es que el precio de estos preparados es elevado, por lo que deberán reservarse para los pacientes con mal estado nutricional en quienes no se pueda elevar el contenido proteico de la dieta porque precipite encefalopatía.

En general, en los pacientes con encefalopatía hepática crónica se recomienda administrar una dieta que aporte la suficiente cantidad de proteínas para mantener un balance nitrogenado estable (en torno a 80 g/día), aunque la cantidad total deberá adaptarse según el estado nutricional y la tolerancia a las dietas hiperproteicas. Es preferible la realización de múltiples ingestas de pequeñas cantidades para repartir el aporte calórico total en 5-6 tomas y evitar periodos prolongados de ayuno. No existe ninguna evidencia científica que demuestre que una dieta de bajo contenido proteico disminuya el número de episodios de encefalopatía o mejore las manifestaciones neurológicas persistentes.

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Disacáridos no-absorbibles

A pesar de que no existen buenos estudios clínicos que demuestren su eficacia, se considera que los disacáridos no absorbibles son eficaces, en el tratamiento de la encefalopatía hepática crónica, tanto para el tratamiento de los síntomas crónicos, como para la prevención de las recurrencias. Existen dos preparados: lactulosa (ß-galactosido-fructosa) y lactitol (ß-galactosido-sorbitol). Su mecanismo de acción parece depender de que disminuyen la concentración plasmática de amoníaco, un factor importante en el desarrollo de encefalopatía (23). Para ejercer su acción deben ser metabolizados por la flora colónica, donde llegan intactos, tras la administración oral, porque no son absorbidos en el intestino debido a la ausencia de disacaridasas específicas. También pueden administrarse por vía rectal en forma de enema, pero esta forma de administración no aporta ninguna ventaja en el tratamiento crónico.

La dosis oral se administra de dos a tres veces al día, pero es muy importante que se ajuste la dosis para conseguir de 2 a 3 deposiciones blandas al día. No se recomienda la administración concomitante de otra forma de laxante porque puede inducir a considerar que se ha conseguido la dosis eficaz. La comparación en ensayos clínicos señala que la lactulosa y el lactitol tienen igual eficacia y similar perfil de efectos secundarios (24). Ambos fármacos pueden producir flatulencia y molestias gastrointestinales. Debe tenerse en cuenta que pueden provocar diarrea y deshidratación, por lo que deberá vigilarse que ello no provoque alteraciones hidroelectrolíticas que agraven la encefalopatía. Se recomienda evitar la administración conjunta de disacáridos no absorbibles y antibióticos de amplio espectro, porque estos últimos pueden eliminar la flora intestinal y pueden impedir el metabolismo colónico de los disacáridos no absorbibles. No se recomienda la administración conjunta de neomicina y disacáridos no absorbibles (25). Con el tiempo es posible que sea preciso incrementar la dosis de disacáridos no absorbibles para conseguir el mismo efecto laxante.

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Neomicina y otros antibióticos

La neomicina y otros antibióticos (metronidazol, vancomicina, rifaximina) son una alternativa para los pacientes que no toleren los disacáridos no absorbibles o en aquellos en quienes estos parezcan ser poco eficaces. Se cree que el mecanismo de acción es a través de la disminución del amoníaco generado por la flora intestinal. Sin embargo, existen datos para pensar que el mecanismo de acción de la neomicina es a través de sus efectos sobre el metabolismo de la mucosa intestinal (26). De los diversos antibióticos se prefiere la neomicina ya que es sobre el que se tiene mayor experiencia (27). La neomicina ha demostrado una eficacia similar a la lactulosa en diversos ensayos clínicos. La dosis de neomicina es 1-2 g/día. El tratamiento prolongado con neomicina (un aminoglucósido) u otros antibióticos puede resultar tóxico. Es necesario evitar su administración durante periodos superiores a 6 meses y vigilar los signos de toxicidad renal y auditiva.

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Fármacos dopaminérgicos

Los fármacos dopaminérgicos se introdujeron en el tratamiento de la encefalopatía hepática en base a la hipótesis de los falsos neurotransmisores (28). Esta hipótesis se considera actualmente obsoleta. No obstante se cree que en la encefalopatía crónica existe un déficit en la función dopaminérgica secundario al depósito de manganeso en los ganglios de la base (29). En la mayoría de los pacientes esta disfunción causa escasos síntomas, pero en algunos casos ocasiona un parkinsonismo grave. El tratamiento con levo-dopa debe realizarse sólo en aquellos enfermos que tienen un parkinsonismo grave, además estos enfermos deben recibir disacáridos no absorbibles. La dosis de levo-dopa deberá ajustarse a la respuesta clínica. Es importante tener en cuenta que los fármacos dopaminérgicos pueden causar estreñimiento, por lo que puede ser necesario aumentar la dosis de disacáridos no absorbibles.

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Bibliografía

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