Última actualización 29 de Noviembre de 2006.


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Panel de Expertos Septiembre 2005

Afectación hepática en las porfirias

José Antonio Solís Herruzo
Servicio de Medicina del Aparato Digestivo.
Hospital Universitario “12 de Octubre”.
Carretera de Andalucía, Km 5,400. 28041-Madrid
jsolis.hdoc@salud.madrid.org

Introducción.-

Las porfirias son un conjunto heterogéneo de enfermedades metabólicas con expresión clínica variada que se originan como consecuencia de la hipoactividad congénita o adquirida de alguna de las enzimas que participan en la biosíntesis del HEM. Bioquímicamente se caracterizan por la producción excesiva de porfirinas o de sus precursores.

El HEM está formado por cuatro anillos pirrólicos unidos entre sí por otros tantos puentes de metano y en cuyo centro se aloja un átomo de hierro firmemente sujeto a los átomos de nitrógeno de los anillos pirrólicos (Figura 1). A lo largo de esta molécula existen numerosos dobles enlaces que son los responsables de que las porfirinas se exciten cuando son expuestas a la luz ultravioleta (400 nm) y emitan fluorescencia roja (640-660 nm y 640-660 nm). Este núcleo molecular se encuentra en numerosas hemoproteínas que son esenciales para la vida (hemoglobina, mioglobina, citocromos respiratorios, citocromos P450). Aunque todas las células del organismo tienen capacidad para su síntesis, la médula ósea es la que muestra mayor actividad. El hígado contribuye a la producción del 20% del HEM total del organismo. Al ser el tejido eritropoyético de la médula ósea y el hígado los principales lugares de síntesis del HEM, no es de extrañar que sea en ellos donde las alteraciones de este metabolismo adquieran mayor significación.

El proceso de biosíntesis del HEM está bien caracterizado (Figura 1). Se conocen todas las enzimas implicadas, los genes que las codifican han sido identificados, localizados y clonados y sus secuencias son conocidas. Una hipoactividad de esas enzimas determina que la síntesis del HEM se produzca más lentamente y que se origine una determinada forma de porfiria. La causa de esa baja actividad enzimática generalmente radica en una mutación en el gen que codifica esa enzima. El bloqueo parcial o completo de la vía de síntesis del HEM determina la acumulación de los metabolitos que se forman antes del lugar del bloqueo. Inicialmente estos metabolitos se retienen en el órgano donde se forman, pero más adelante pasan a la sangre, se reparten por todo el organismo y se excretan con la orina y/o la bilis. Cuando el bloqueo metabólico se sitúa en los primeros eslabones de la cadena, los metabolitos que se acumulan son los llamados precursores de las porfirinas [aminoácido delta amino-levulínico (ALA) y porfobilinógeno (PBG)] (figura 1). Cuando el bloqueo se produce en las fases más avanzadas de la vía metabólica, los metabolitos que se acumulan son los porfirinógenos. Estos metabolitos se oxidan en los tejidos a porfirinas, están apartados de la vía de biosíntesis del HEM y su único destino es su depósito en los tejidos o su excreción con la orina o la bilis.


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Clasificación de las porfirias.

La mayoría de las porfirias están originadas por deficiencias enzimáticas determinadas genéticamente; no obstante, se han identificado diversos agentes químicos (griseofulvina, 2-alil-2-isopropilacetamida, hexaclorobenceno, plomo, succinil-acetona, estireno) que pueden bloquear la biosíntesis del HEM y, por ello, pueden provocar la aparición de porfirias adquiridas. Existen numerosas situaciones en las que, sin existir ningún defecto enzimático previo, tiene lugar una excreción urinaria excesiva y subclínica de coproporfirina (COPRO). Son las coprofirinurias hepáticas secundarias. Este es el caso del alcoholismo crónico, la colestasis, las alteraciones del metabolismo de la bilirrubina, etc.
Según el órgano donde preferentemente se exprese la deficiencia enzimática, las porfirias han sido clasificadas en hepáticas y eritropoyéticas. Al primer grupo pertenecen la: porfiria aguda intermitente (PAI), porfiria de Doss, porfiria variegata (PV), coproporfiria hereditaria (CPH) y la porfiria cutánea tarda (PCT). Al grupo de las porfirias eritropoyéticas pertenecen la protoporfiria eritropoyética (PPE) y la porfiria eritropoyética congénita (PEC).


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Porfirias hepáticas.

En estas formas de porfiria, el trastorno metabólico radica principalmente en los hepatocitos, sin embargo, de todas ellas, sólo en la PCT existen lesiones hepáticas.

1. Porfiria por deficiencia de d-aminolevulinico deshidrasa (Porfiria de Doss). Es una porfiria hepática rara producida por la deficiencia autosómica recesiva de la enzima deshidrasa del ácido d amino-levulínico (ALA-DH) (Figura 1). Las manifestaciones clínicas de estos pacientes son variadas. En unos casos, el cuadro clínico reproduce al de la PAI y en otros se expresa en forma de una polineuropatía motora. En esta variedad de porfiria no existen lesiones hepáticas. La excreción urinaria de ALA está elevada pero la de la PBG es normal.

2. Porfiria aguda intermitente. Es una enfermedad hepática originada por la deficiencia congénita de la desaminasa de porfobilinógeno (PBG-DA) (Figura 1). Se transmite de forma autosómica dominante con penetrancia variable y se caracteriza clínicamente por originar crisis agudas intermitentes de síntomas abdominales y neuropsíquicos y por la excreción urinaria elevada de ALA y de PBG. Tampoco en esta forma de porfiria existen lesiones hepáticas.

3. Coproporfiria hereditaria. Es una porfiria poco frecuente determinada genéticamente, heredada con carácter autosómico dominante, originada por la deficiencia de la coproporfirinógeno-oxidasa (COPRO-Ox) mitocondrial (Figura 1). Clínicamente se expresa por cuadros agudos similares a los que aparecen en la PAI y, en algunas ocasiones, por lesiones cutáneas parecidas a las de la PCT. Es característico el que la COPRO en las heces esté muy elevada.

4. Porfiria Variegata. La PV es una enfermedad autosómica dominante originada por un descenso de la actividad de la protoporfirinógeno IXa oxidasa (PROTO-Ox) (Figura 1), que se expresa clínicamente por fotosensibilidad de la piel, crisis agudas neuroviscerales y por excreción fecal elevada de PROTO y COPRO-III y porfirina X. En estos enfermos, no suele haber lesiones hepáticas. Es una enfermedad frecuente en la población blanca de Sudáfrica y en el norte de Europa.

5. Porfiria Cutánea Tarda. La PCT es una enfermedad de etiología diversa originada por una baja actividad de la decarboxilasa del uroporfirinógeno (URO-D). Esta enzima es la responsable de que el uroporfirinógeno (UROgen) I y III pierdan sucesivamente un carboxilo de cada uno de sus cuatro radicales acetilos de los anillos pirrólicos, comenzando por el D y siguiendo el movimiento de las agujas del reloj (Figura 1). Consecuencia de ello es la acumulación de porfirinas, preferentemente de uroporfirina (URO), heptacarboxiporfirina (HEPTA) y de COPRO de la serie I y III, en el hígado y en la piel (Figura 2), lo que, a su vez, se traduce clínicamente por una hipersensibilidad de ésta a la luz y a los microtraumatismos. Es la forma de porfiria más frecuente, aunque su prevalencia varía mucho de unos países a otros. En varios países europeos se sitúa alrededor de 1/5.000 habitantes, mientras que en los Estados Unidos es de 1/25.000. Su incidencia en Inglaterra es de 2 a 5/1.000.000/año. La enfermedad es más frecuente en los hombres que en las mujeres. Cuando ocurre en éstas, es frecuente que estén sometidas a tratamiento con estrógenos.

Se han diferenciado tres formas etiopatogénicas principales de PCT:
1. Tipo I o esporádico. Representa el 70 al 80% de todos los casos. Es de aparición tardía, no existen antecedentes familiares y la actividad de la enzima está disminuida sólo en el hígado. En esta forma de porfiria no se han identificado mutaciones genéticas que justifiquen la baja actividad enzimática.

La causa del defecto enzimático en este tipo de PCT es oscura. Se supone que la siderosis, la toma de estrógenos, el alcohol, el tabaco, la infección por el virus de la hepatitis C (VHC) o de la inmunodeficiencia humana o la existencia de una hepatopatía crónica son factores implicados en este defecto. En la mayoría de los pacientes con PCT existen indicios de un metabolismo anormal del hierro, la frecuencia de las mutaciones en el gen HFE (C282Y, H63D) está elevada y las sangrías son eficaces en el control de la enfermedad. Se supone que el hierro puede determinar la formación del radical hidroxilo (OH•) y que éste contribuye a la oxidación del uroporfirinógeno (UROgen) a uroporfirina (URO) y determina la formación de inhibidores, aún no caracterizados, de la URO-D. Los hidrocarbonos aromáticos polihalogenados actuarían como inductores de la citocromo P450IA2 (CYPIA2), el cual oxidaría el UROgen a URO y daría lugar también a la formación de inhibidores de la URO-D. El alcohol pudiera contribuir favoreciendo el depósito de hierro, induciendo la formación de radicales reactivos del oxígeno o de los citocromos P450 o como causante de hepatopatía. La frecuencia de la infección por el VHC varía de unos países a otros. En los mediterráneos, esta frecuencia es alta (70-90%) pero en los nórdicos es muy baja (8-20%). El mecanismo de esta relación con el descenso de la actividad de la URO-D es incierto, pero se ha mencionado un efecto del VHC sobre los depósitos de hierro, que transformaría a éste en formas iónicas reactivas.

En raras ocasiones, varios pacientes de la misma familia presentan una porfiria con estas mismas características. En estos casos de se habla del tipo III de PCT. Se desconoce la naturaleza del defecto hereditario responsable de este tipo familiar de PCT.
2. Tipo II o familiar, autosómico dominante. Representa el 20 al 30% de todos los casos. En ellos la actividad URO-D está descendida al 50% de su actividad normal, no sólo en el hígado sino también en el resto de los tejidos, incluidos los hematíes. Afecta a varios miembros de una misma familia, aunque su penetrancia es baja, por lo que su expresión clínica ocurre sólo en el 10% de los casos. El descenso de actividad de la URO-D en el tipo II de PCT se justifica por la existencia de mutaciones en el gen de esta enzima que determinan que su cantidad en los tejidos esté muy disminuida. En estos enfermos se han identificado al menos 35 mutaciones diferentes en el gen de la URO-D, localizado en el cromosoma 1p34. La mayoría de esas mutaciones son puntuales, aunque también hay algunas deleciones e inserciones. La presencia de siderosis, abuso alcohólico, tabaco, etc., también contribuye a favorecer la expresión clínica de esta enfermedad.
La porfiria hepatoeritropoyética de Piñol Aguadé representa la variedad homozigótica o heterozigótica de varias mutaciones del tipo II de PCT. En ella, la actividad de la URO-D es extremadamente baja (3-27%), no sólo en el hígado sino también en la médula ósea.
3. Tipo tóxico. En el hombre se han descrito casos, a veces con carácter epidémico, de PCT en sujetos expuestos a diferentes agentes químicos [hidrocarburos aromáticos polihalogenados (hexaclorobenzeno, 2,3,7,8-tetraclorodibenzo-p-dioxina, di- y triclorofenol). Estas sustancias pueden inhibir la URO-D y son capaces de reproducir la enfermedad en el animal de experimentación.

Manifestaciones clínicas. El defecto metabólico de la PCT puede no manifestarse clínicamente. Cuando la enfermedad se expresa clínicamente, lo hace en dos vertientes sindrómicas diferentes: cutánea y hepática.
Manifestaciones cutáneas. En las zonas expuestas a la luz aparece hipersensibilidad de la piel a los microtraumatismos y a la luz (85%), hiperpigmentación melánica (53%) e hipertricosis (63%). Esta última aparece principalmente sobre la piel más expuesta a la luz solar (zona témporo-malar, dorso de los dedos y de las manos). Las cejas suelen estar muy pobladas y se extienden por el entrecejo. Es habitual que estos pacientes muestren una pigmentación melánica de la piel, cuya significación ha de buscarse en el papel protector de la melanina frente a la radiación lumínica. La exposición de una zona de la piel a la luz solar, al calor o a los microtraumatismos (75%) se sigue de la formación de vesículas, ampollas o bullas llenas de un líquido seroso o serohemorrágico. Cuando las ampollas se secan, dejan una costra. Es fácil que las ampollas se rompan y que se formen úlceras que se infectan con facilidad. Cuando estas lesiones curan, persiste una cicatriz de piel atrófica, a veces pigmentada. Sobre las cicatrices suelen descubrirse gránulos duros, pequeños y blanquecinos (“milia”). En ocasiones, la repetición de las lesiones y su sobreinfección bacteriana origina graves deformidades cicatriciales, que pueden incluir la osteolisis acral de los dedos, la distrofia ungueal y la destrucción de los cartílagos nasales y auriculares. Eventualmente (18%), se producen lesiones esclerodermiformes focales o extensas. La piel de esas zonas aparece indurada, rígida, brillante, nacarada y sin vello.
En la porfiria hepatoeritropoyética, las lesiones en la piel pueden aparecer ya durante el primer año de la vida y adquieren extremada intensidad. Los pacientes muestran exceso de vello facial, cicatrices en las manos y cara, cambios esclerodermiformes y acroesclerosis.
La fotosensibilidad de la piel se debe a que las porfirinas almacenadas en la piel absorben la energía de la luz y se la ceden a otras moléculas, principalmente al oxígeno (“singlet” oxigeno). Estas formas reactivas derivadas del oxígeno están directamente implicadas en la aparición de las lesiones (Figura 2).

Manifestaciones hepáticas. Junto a los fenómenos de fotosensibilidad, es frecuente que los pacientes presenten lesiones hepáticas que oscilan entre los cambios inespecíficos [esteatosis (95%), degeneración glucogénica nuclear (52,7%), siderosis (74%)] y la cirrosis hepática (3,4% a 31%). En el 60% de los casos se observan infiltrados focales intrasinusoidales formados por células de Kupffer con siderosis, linfocitos y gotas de grasa que se sitúan próximos a la vena central o dispersos por el lobulillo. Esta lesión ha sido considerada característica de la PCT. En el 29% de los casos se encuentra fibrosis portal. En el 12 a 55 % de los casos hay un patrón de hepatitis crónica.. Además, entre los porfíricos con cirrosis hepática, la frecuencia del hepatocarcinoma (24,3%) es muy superior a la que se halla en los cirróticos sin porfiria (6,7%). Algunos pacientes con PCT son diagnosticados durante el estudio de una hepatopatía crónica. Puede ocurrir que esos pacientes no presenten lesiones cutáneas y que todos los síntomas se refieran a la enfermedad hepática. La imagen laparoscópica del hígado suele sugerir este trastorno metabólico, ya que en el 75% de los casos se encuentra una coloración grisácea del parénquima hepático. El diagnóstico se refuerza si al exponer el cilindro de biopsia a la luz ultravioleta (366 nm) se observa una fluorescencia roja. Histológicamente, se suelen encontrar cristales de URO, aciculares, intralisosómicas, birrefringentes bajo la luz polarizada y fluorescentes con la luz ultravioleta que son características de esta enfermedad. Se ha discutido mucho sobre el origen de estas lesiones hepáticas en la PCT. En la actualidad nos parece que, al menos en nuestro ambiente, la causa más probable es la infección viral. En los países del área mediterránea, entre el 70% y el 90% de los pacientes con PCT son portadores del VHC. No obstante, en ausencia de este factor etiológico también es posible encontrar lesiones hepáticas, por lo que no se puede descartar un efecto tóxico sobre el hígado.

Diagnóstico. Cuando la enfermedad origina lesiones cutáneas características (ampollas), el diagnóstico de PCT se realiza con facilidad. No obstante, lesiones similares se pueden presentar en otras porfirias y en la pseudoporfiria. En todas ellas, excepto en esta última, las concentraciones séricas de porfirinas están elevadas (10-25 µg/dl). En el caso de la PCT, el pico máximo de fluorescencia de emisión del plasma tiene lugar a los 619 nm, diferente de lo que ocurre en la PV (626-628 nm) o en lo PPE (634 nm). El diagnóstico de PCT se refuerza si el estudio de las porfirinas en orina demuestra la presencia en cantidades elevadas de URO-I y III, HEPTA III y COPRO. La excreción de PBG debe ser normal en la PCT, aunque la de ALA puede estar algo elevada. Las porfirinas en heces están sólo ligeramente aumentadas, pero es característica la presencia de la isocoproporfirina. En la PV, por el contrario, las porfirinas fecales están muy elevadas, (1000±150 mg/g de peso seco) a costa de PROTO y COPRO. Sólo en casos especiales es necesaria la determinación de URO-D en el hígado (tipo I) o en los hematíes (tipo II) o el análisis del gen de la URO-D. En la porfiria hepatoeritropoyética la actividad de esta enzima está muy reducida y en los hematíes se pueden encontrar tasas elevadas de PROTO. En la PPE, la PROTO acumulada en los hematíes es muy alta, pero las lesiones de fotosensibilidad son diferentes, ya que es raro que se formen vesículas.

Si el paciente consulta por la hepatopatía, el diagnóstico puede hacerse de inmediato si se tiene la costumbre de exponer todos los cilindros de biopsia hepática bajo la lámpara de luz ultravioleta, ya que aparecerá la típica fluorescencia roja de las porfirinas. Se trata de un signo sumamente sensible y específico de estos metabolitos. En su ausencia, el diagnóstico de PCT es muy improbable. Cuando la fluorescencia del cilindro es roja, además de la PCT se debe considerar los diagnósticos de PPE, PV y CPH. El estudio histológico de la muestra hepática revela la presencia de inclusiones aciculares de porfirinas en el interior de los hepatocitos.
Tras el diagnóstico de PCT, es importante determinar los factores que han podido actuar como desencadenantes, incluyendo la infección por el VHC, la sobrecarga de hierro, la presencia de mutaciones del gen HFE o la exposición a tóxicos o medicamentos.

Tratamiento. El tratamiento de la PCT se basa fundamentalmente en las sangrías y en la administración de cloroquina, si bien en todos los casos esas medidas deben ir acompañadas de la abstinencia alcohólica, de la supresión de los estrógenos, incluidos los anticonceptivos, y de tóxicos que pudieran estar actuando como desencadenantes. El papel del tratamiento de la infección por el VHC está sin determinar. Existen casos de regresión metabólica tras la respuesta viral al tratamiento con interferón; sin embargo, contamos con amplia experiencia en casos de PCT que permanecieron metabólicamente controlados tras sangrías, a pesar de no responder al tratamiento antiviral. En nuestra experiencia, la respuesta al tratamiento antiviral de los pacientes con PCT es peor que la de los pacientes que no tienen este error metabólico.

Sangrías. La medida terapéutica más eficaz es la práctica de sangrías periódicas hasta lograr que la ferritina sérica se encuentre alrededor de 10 ng/ml y la saturación de la transferrina del 15%, pero sin descender la tasa de hemoglobina de 12 g/dl, el hematocrito de 35% y la sideremia de 50 mg/dl. Para conseguir esos objetivos se precisa establecer un régimen de sangrías de 400 a 500 mL cada semana durante un mes, para seguir, si es necesario, con una cada 10 a 14 días durante uno o dos meses y continuar con una sangría mensual. Como es obvio, este régimen se modifica en función de la tolerancia y de la evolución de las reservas de hierro. La sintomatología cutánea mejora, la piel se hace más resistente y se despigmenta, la profirinuria disminuye y su patrón se normaliza. La fluorescencia roja del hígado disminuye o desaparece, al igual que lo hacen las agujas de porfirinas de las células. En general, se requiere extraer de 3 a 8 litros de sangre para lograr la desaparición de las lesiones de la piel, la normalización de las porfirinas en orina y en heces y para aumentar la actividad de la URO-D en el hígado o en los hematíes. En los pacientes con cirrosis hepática, este tratamiento debe realizarse con precaución, ya que la hipoproteinemia puede inducir una descompensación hidrópica. En los casos en que las sangrías no puedan realizarse, se puede lograr un balance negativo de hierro mediante la administración continua, subcutánea, de deferrioxamina. En los pacientes con insuficiencia renal, se puede lograr la reducción del hierro hepático mediante la administración de eritropoyetina.

Cloroquina. El mecanismo de actuación está en discusión. Se ha sugerido que este fármaco se une a las porfirinas depositadas en los tejidos y las elimina por la orina, pero también se ha demostrado que moviliza el hierro hepático. Se trata de un efecto terapéutico que es específico sobre la PCT, ya que este fármaco es totalmente ineficaz en la PV o en la CPH. Este tratamiento está especialmente indicado en los pacientes en quienes no sea posible realizar sangrías o no tengamos evidencias de sobrecarga de hierro. La pauta terapéutica más aceptada consiste en administrar 125 mg dos veces a la semana hasta que la excreción urinaria de URO se normalice. La mejoría clínica y bioquímica puede requerir un mínimo de cuatro meses de tratamiento, pero habitualmente es necesario prolongarlo durante más de 10 meses. La tolerancia es buena, aunque pueden producirse hipertransaminasemias leves, cuyo curso debe ser vigilado. Si existe insuficiencia renal, las dosis deben ser reducidas y si existe una deficiencia de la glucosa-6-fosfato deshidrogenasa, no debe administrarse. Una respuesta terapéutica más rápida puede lograrse con dosis de cloroquina más altas, pero ello va asociado a un mayor riesgo de toxicidad e, incluso, de empeoramiento de las lesiones cutáneas por liberación a la sangre de las porfirinas retenidas en el hígado. Más eficaz y tolerable es la combinación de las dosis bajas de cloroquina con un régimen de sangrías periódicas. En lugar de cloroquina puede usarse con el mismo rendimiento la hidrocloroquina (100 mg dos veces/semana).
Los pacientes con PCT e insuficiencia renal representan un problema terapéutico especialmente difícil. No se puede recurrir a la vía renal para lograr la eliminación de las porfirinas ni es posible eliminarlas mediante diálisis, ya que las porfirinas no pasan a través del peritoneo ni los filtros de los hemodializadores. Por otro lado, la anemia habitual en estos enfermos, limita la práctica de sangrías. A pesar de esto, se recomienda combinar un régimen de sangrías con la administración de eritropoyetina. Esta hormona corrige la anemia, moviliza el hierro y aumenta la tolerancia a la anemia provocada por las sangrías.
Como medidas complementarias, no debe olvidarse evitar la exposición a la luz solar, a la de los tubos fluorescentes y a la filtrada a través de cristales, así como tampoco el empleo de cremas antisolares que absorban longitudes de onda entre los 380 y los 650 nm.


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Porfirias eritropoyéticas.

A este grupo de porfirias pertenecen la PEC y la PPE. Ambas son originadas por deficiencias enzimáticas que se expresan preferentemente en las células eritroides.

1. Porfiria eritropoyética congénita, hereditaria o de Günther. Es una enfermedad rara, hereditaria, autosómica recesiva, originada por una reducida actividad de la URO-S en la médula eritropoyética, que se caracteriza por existir una intensa fotosensibilidad de la piel, hemólisis, esplenomegalia y notable aumento de la URO-I y COPRO I en la médula, hematíes, orina y heces. En esta variedad de porfiria, el hígado no está comprometido.

2. Protoporfiria eritropoyética. Es una enfermedad descrita por Magnus y col., en 1961, que se produce por una deficiencia incompleta, congénita, de la ferroquelatasa y que se transmite de forma autosómica dominante. Consecuencia de esta deficiencia enzimática es la acumulación de PROTO en las células eritroides de la médula ósea, su presencia en los hematíes y en el plasma y su eliminación excesiva con la bilis y por las heces. Habitualmente se presenta en la infancia en forma de fotosensibilidad cutánea. Se ha descrito en todos los países con una prevalencia que oscila entre 1 cada 5.000 a 10.000 habitantes.

Etiopatogenia. La ferroquelatasa se sitúa en la membrana interna de las mitocondrias y participa en el último escalón de la síntesis del HEM al introducir un ión ferroso en el anillo de la PROTO (Figuras 1 y 3). La medición de la actividad de esta enzima en diversos tejidos muestra que en la mayoría de los casos sintomáticos es inferior al 50% (15%-25%). El gen de la ferroquelatasa (FECH) ha sido clonado, secuenciado y localizado en el cromosoma 18q21.3. Ello ha permitido identificar más de 60 mutaciones relacionadas con esta enfermedad. A pesar de ello, 4 mutaciones son responsables de más del 86% de todos los casos. La mayoría son mutaciones nulas y consisten en deleciones o inserciones de nucleótidos, divisiones, etc, que justifican la deficiencia enzimática. Estas mutaciones nulas suelen asociarse con la existencia de complicaciones hepáticas. La figura 3 resume la fisiopatología de esta enfermedad.

Manifestaciones clínicas. Las manifestaciones clínicas de esta enfermedad son fundamentalmente dermatológicas y hepáticas.
Manifestaciones dermatológicas. El síntoma principal de la PPE es la fotosensibilidad de la piel, que, por lo general, comienza en la primera infancia. La exposición a la luz de 400 a 410 nm de longitud de onda provoca en pocos minutos intenso prurito, sensación de quemazón o dolor, que va seguido de eritema, hinchazón y, en ocasiones, de petequias. Estas lesiones ceden en unas horas o días. Con la repetición de las exposiciones, aparecen lesiones crónicas persistentes. La piel de las zonas más expuestas a la luz se infiltra y adquiere aspecto hiperqueratósico. El tegumento del dorso de la nariz se engruesa y en él se observan pequeñas cicatrices. La piel peribucal presenta a menudo pequeñas fisuras lineales o finas cicatrices que son características. El borde de los lóbulos auriculares aparece cruzado por cicatrices que deforman su perfil en cresta de gallo. Histológicamente, se descubre un material amorfo, hialino, PAS positivo, depositado junto a las paredes de los capilares de la dermis. En fases avanzadas, este material es muy abundante y ocupa totalmente las papilas dérmicas. Este material está formado por inmunoglobulinas, complemento, lípidos y otras sustancias.

Manifestaciones hepáticas. La PROTO se excreta únicamente por el hígado, la bilis y las heces. Por ello, el hígado puede almacenar gran cantidad de esta porfirina, lo que justifica que el 34% de estos pacientes presenten alteraciones analíticas sugerentes de enfermedad hepática, que en el 12% se pueda demostrar la existencia de una cirrosis hepática y que el 4% desarrolle un cuadro de insuficiencia hepática aguda. La aparición de estas complicaciones hepáticas está ligada a la existencia de una mayor alteración en el metabolismo de la PROTO. En los pacientes con lesiones hepáticas, las tasas de PROTO en hematíes y plasma son muy superiores a las que existen en los pacientes sin signos de hepatopatía. Macroscópicamente, el depósito de PROTO en el hígado origina que el parénquima sea de color gris más o menos oscuro e, incluso, negro. El hallazgo histológico más constante es la presencia de un pigmento marrón rojizo depositado en los hepatocitos, en las células de Kupffer o formando trombos que bloquean los canalículos biliares. A la luz polarizada se observan cristales birrefringentes que forman una imagen en cruz de “Malta”. Bajo la luz ultravioleta (380-500 nm), estos depósitos de pigmento muestran fluorescencia roja. En los canalículos biliares es frecuente que existan también trombos de bilirrubina. Es frecuente la litiasis biliar por protoporfirina. En algunas ocasiones (3-4%), los pacientes desarrollan un cuadro de insuficiencia hepática grave, frecuentemente mortal. El cuadro suele presentarse con dolor abdominal irradiado hacia la espalda, anemia hemolítica, colestasis y empeoramiento de la fotosensibilidad y de las pruebas de función hepática. En ocasiones aparece un cuadro de neuropatía motora, hipertensión arterial y taquicardia que recuerda al que existe en las porfirias agudas. Este cuadro se asocia con un gran aumento de las tasas de PROTO en el plasma y en los hematíes y del depósito de PROTO en el hígado. En estos casos puede estar justificado el trasplante hepático, si bien éste no resuelve el problema metabólico de la médula ósea.

Diagnóstico. Es muy sugestivo de esta enfermedad el hallazgo de hematíes fluorescentes (fluorocitos) al observar la sangre recién extraída con un microscopio de luz ultravioleta, pero es diagnóstico el que las tasas de PROTO libre, no unida al zinc, en los hematíes estén muy elevadas. Un aumento de PROTO en los hematíes puede encontrarse también en el saturnismo, sideropenia, anemias hemolíticas y formas homocigóticas de otras porfirias. Sin embargo, en todas estas situaciones la PROTO se acumula en forma de complejos con el zinc y no en forma libre. Mayor valor diagnóstico tiene el aumento de la concentración de PROTO en el plasma. Aunque en otras porfirias con manifestaciones cutáneas, las porfirinas plasmáticas están también elevadas, es característico de la PPE el que el pico de máxima emisión se sitúe en 634 nm tras su excitación con una luz de 405-411 nm. Concentraciones normales de porfirinas plasmáticas deberían excluir la PPE, sin embargo, existen numerosos falsos negativos por fotodegradación de la PROTO. Las porfirinas urinarias son normales, pero la PROTO en bilis y heces está muy elevada.

Tratamiento. El tratamiento de la PPE requiere la protección de la piel de su exposición a la luz solar, incluso a la filtrada a través de los cristales. Con esa misma finalidad se recomienda el empleo de b-carotenos (60-300 mg/día) que contribuyen a aumentar la tolerancia a la luz solar. Con el fin de reducir la producción de porfirinas en la médula ósea se han empleado infusiones de arginato de hematina y transfusiones de concentrados de hematíes. Para reducir las concentraciones de PROTO en plasma se ha recurrido a la plasmaféresis y a la exanguinotransfusión y para aumentar la pérdida de PROTO por heces, a la administración oral de colesteramina, colestipol o carbón vegetal activado. En los casos graves de PPE, estaría justificado el trasplante de médula ósea, pero la experiencia que se tiene en esta enfermedad es aún escasa. El trasplante hepático estaría justificado cuando exista colestasis intrahepática persistente, las tasas de PROTO en los hematíes sean superiores a los 1500 mg/dl o en el plasma sean mayores de 50 mg/dl, exista una cirrosis hepática con abundante depósito de pigmento o signos de insuficiencia hepática grave. Con el fin de prevenir la recidiva de la enfermedad en el injerto sería aconsejable asociarlo al trasplante de la médula ósea.


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Leyendas de figuras


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Figura 1. Biosíntesis del HEM. La síntesis del HEM se inicia en el interior de las mitocondrias con la unión de la glicina y la succínil-CoA para formar el ácido aminoácido delta amino-levulínico (ALA). Esta unión está facilitada por la ALA-sintetasa (ALA-S). En el citoplasma, en presencia de la enzima ALA-deshidrasa (ALA-DH), el ALA se condensa con otra molécula similar, para formar el porfobilinógeno (PBG). Por la intervención de la desaminasa del PBG (PBG-DA), se van condensando escalonadamente cuatro moléculas de PBG para formar el tetrapirrol lineal hidroximetilbilano (HMB). El HMB puede cerrarse espontáneamente al unirse entre sí los pirroles de los extremos (el A con el D) dando lugar al uroporfirinógeno I (UROgen-I). Éste carece de actividad biológica y está destinado a su almacenamiento o a su excreción urinaria. En presencia de la URO-sintetasa (URO-S), el HMB se cierra de forma similar, pero en el curso de este proceso tiene lugar una rotación del pirrol D, de manera que el orden en el que están colocados los radicales acetato y propionato de ese pirrol se invierte. La molécula resultante es el uroporfirinógeno III (UROgen-III), que posee 8 grupos carboxilos (4 acetilos y 4 propiónicos). La decarboxilasa del UROgen (URO-D) provoca la decarboxilación sucesiva de los carboxilos dependientes de los acetatos y la formación porfirinógenos intermedios de 7, 6, 5 y 4 carboxilos (HEPTA-III, HEXA-III, PENTA-III, COPROgen-III). El coproporfirinógeno-III (COPROgen-III) vuelve a las mitocondrias y sufre la descarboxilación oxidativa sucesiva de los radicales propiónicos de los anillos pirrólicos A y B a radicales vinilos. La molécula final resultante es el protoporfirinógeno IXa (Protegen). Esta decarboxilación oxidativa está catalizada por la oxidasa del COPROgen-III (COPRO-Ox). La oxidasa del PROTOgen (PROTO-Ox), situada en la membrana mitocondrial interna, determina que el PROTOgen pierda de 6 protones y se oxide a protoporfirina IX (PROTO). La inclusión de un átomo de Fe2+ en la PROTO determina la formación del HEM. Esta inclusión está favorecida por la ferroquelatasa. Los últimos pasos de la síntesis del HEM se producen en el interior de las mitocondrias, en la proximidad del lugar donde se inició la biosíntesis del HEM, de manera que la cantidad de éste existente en la matriz mitocondrial actúa como reguladora de la actividad del inicio del proceso. Ello es posible gracias a que el HEM es un inhibidor de la ALA-S.


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Figura 2. Fisiopatología de la porfiria cutánea tarda. La deficiencia de URO-D permite la acumulación de porfirinógenos de cuatro a ocho carboxilos pertenecientes tanto a la serie I como a la III, así como el de isocoproporfirinógeno. Este último es un porfirinógeno específico de la PCT, derivado del pentacarboxiporfirinogeno-III (PENTA III), que, en ausencia de URO-D, sufre su oxidación a deshidroisocoproporfirina. Más tarde, en el intestino, sufre su degradación bacteriana a isocoproporfirina. Los porfirinógenos, tras su oxidación no enzimática, se transforman en las correspondientes porfirinas. En especial, está muy aumentada la retención de URO y HEPTA en el hígado y su excreción por la orina. La URO acumulada en el hígado y eliminada por la orina pertenece a la clase I, probablemente por inhibición de la URO-sintetasa (URO-S) por el hierro hepático. Por el contrario, la HEPTA y HEXA porfirinas pertenecen a la clase III.


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Figura 3. Fisiopatología de la protoporfiria eritropoyética. La baja actividad de la ferroquelatasa en la médula eritropoyética determina que disminuya la síntesis de HEM y que en los reticulocitos y hematíes se PROTO y, en menos cuantía, COPRO y URO-III. En los hematíes circulantes, la PROTO se encuentra en forma libre, sin formar complejos con el cinc, lo que le permite difundir fácilmente al plasma. Esta liberación al plasma aumenta con la edad de los hematíes y es favorecida por la irradiación ultravioleta. En el plasma, la PROTO circula unida a la albúmina, desde donde pasa al hígado para su excreción con la bilis y las heces. La baja hidrosolubilidad de esta molécula impide su excreción por vía renal. La presencia de altas concentraciones de PROTO en la bilis facilita su precipitación y la formación de cálculos muy ricos en esta porfirina. El pasó de esta porfirina por el hígado y su acumulación contribuye a provocar las lesiones hepáticas que en ocasiones se observan en estos pacientes. La PROTO precipita en los hepatocitos, altera la función mitocondrial y puede disminuir la formación de bilis y el flujo biliar. La PROTO del plasma difunde a los tejidos y en especial a la piel. En ésta absorbe la energía de la luz de onda de 400 nm y la libera en forma de fluorescencia o la emplea en la formación de radicales reactivos derivados del oxígeno. Estos radicales son los responsables de las lesiones tisulares.


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