Última actualización 29 de Noviembre de 2006.


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Panel de Expertos Abril 2005

Osteoporosis en las enfermedades hepáticas crónicas

Núria Guañabens Gay
Unidad de Patología Metabólica Ósea, Servicio de Reumatología, Hospital Clínic, IDIBAPS, Barcelona

 

Correspondencia:

Nuria Guañabens
Unidad de Patología Metabólica Ósea
Servicio de Reumatología
Hospital Clínic
C/ Villarroel 170
08036-Barcelona
E-mail: nguanabens@ub.edu


Introducción

La patología metabólica ósea es una complicación frecuente que tienen los pacientes con una enfermedad hepática crónica, y que tiene implicaciones importantes ya que aumenta el riesgo de fracturas por fragilidad y en consecuencia un impacto significativo sobre la mobididad, calidad de vida e incluso supervivencia. Durante años, se ha utilizado el término “osteodistrofia hepática” para definir la enfermedad metabólica ósea que aparecía como consecuencia de la hepatopatía crónica avanzada y que, en general, se consideraba que era una osteomalacia, es decir, una falta de mineralización ósea debida a una malabsorción intestinal de calcio y vitamina D.

La medición de la masa ósea mediante densitometría, aparecida en los últimos veinte años, y el perfeccionamiento de los métodos de análisis de la biopsia ósea han sido los elementos esenciales que han permitido concretar que la alteración ósea que presentan los pacientes hepatópatas es una osteoporosis. Esta enfermedad se caracteriza por una disminución de la masa ósea y una alteración de su microarquitectura, que da lugar a una reducción de la calidad y resistencia del hueso (Figura 1) y, en consecuencia, a un aumento del riesgo de desarrollar fracturas por fragilidad, especialmente en la columna vertebral, cadera y muñeca (1). Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), se considera que existe una osteoporosis cuando la densidad mineral ósea es inferior a 2,5 desviaciones estándar de la observada en el adulto joven (escala T <–2,5), y que hay una osteopenia cuando la escala T se sitúa entre –1 y –2,5 (2).

La osteomalacia es muy poco frecuente, y sólo se asocia a situaciones de una colestasis crónica muy prolongada, a una notable malabsorción intestinal o a una marcada carencia de vitamina D. De hecho, únicamente se ha documentado en casos con cirrosis biliar primaria y grave desnutrición, y en países con una reducida tasa de exposición al sol. Cuando se han realizado estudios histomorfométricos sobre una biopsia ósea en pacientes con enfermedad hepática, sólo se ha descrito la presencia de una dudosa osteomalacia en muy pocos casos.

Esta revisión compendia los conocimientos actuales sobre patología ósea en las enfermedades hepáticas e incluye los aspectos terapéuticos.

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Prevalencia de osteoporosis y fracturas

Existe cierta heterogeneidad en los datos publicados respecto a la prevalencia de osteopenia y osteoporosis en los pacientes con una enfermedad hepática crónica, que depende, en parte, de la selección de los pacientes y de los criterios diagnósticos (3-7). En relación con la selección, es importante considerar si se trata de pacientes con una enfermedad muy avanzada o si existe una colestasis crónica, que son los casos con mayor prevalencia (Tabla 1). Sin embargo, de forma global puede afirmarse que aproximadamente el 23% de los pacientes hepatópatas tiene osteoporosis y que esta prevalencia es más elevada en los pacientes con colestasis crónica (alrededor del 32%), que tienen dos factores adicionales que entrañan un mayor riesgo: la colestasis y su presentación en mujeres de mediana edad (6). Asimismo, en estos pacientes se ha observado una mayor pérdida de masa ósea de la esperada en el transcurso de los años, particularmente cuando tienen una colestasis más pronunciada (8).

La prevalencia de fracturas óseas en las enfermedades hepáticas es muy variable: oscila entre el 6% y 44% (3-7). Esta variabilidad depende del procedimiento utilizado para establecer el diagnóstico, pero también de la gravedad de la hepatopatía, de la densidad ósea y del sexo (Tabla 1). Así, en los pacientes con una hepatopatía crónica, la prevalencia de fracturas es superior en las mujeres postmenopáusicas que en los varones y las mujeres jóvenes. El tratamiento recibido por los pacientes también puede influir, particularmente la administración de glucocorticoides de forma continuada, que explicaría una elevada prevalencia de fracturas en pacientes con hepatitis autoinmune. Existen pocos datos sobre la incidencia de fracturas en el curso de la enfermedad hepática. En pacientes con cirrosis biliar primaria, se ha documentado una tasa que oscila entre el 5% y 13%.

También se ha evaluado la prevalencia de osteoporosis y fracturas en los pacientes hepatópatas inmediatamente antes de ser sometidos a un trasplante hepático, que en general corresponde a pacientes con una enfermedad hepática terminal. En estos casos se ha descrito que un número elevado tiene una marcada reducción de la masa ósea y que, aproximadamente la tercera parte (entre el 24% y el 37%) tienen osteoporosis (9-11). Se ha descrito una menor afección del fémur y del antebrazo distal que de la columna lumbar. Después del trasplante se producen importantes cambios en la densidad mineral ósea, ya que la mayoría de pacientes pierde masa ósea de una forma rápida durante el primer semestre. En un estudio que incluyó 45 pacientes trasplantados, seguidos durante tres años, la tasa de pérdida de masa ósea lumbar fue del 6% a los tres meses (10). Después de esta pérdida inicial, existe una tendencia a mejorar la densidad ósea, hecho que coincide con la recuperación de la función hepática y la disminución del tratamiento inmunosupresor, básicamente de los glucocorticoides. La mayor incidencia de fracturas aparece en el transcurso del primer año, período en cual desarrollan fracturas entre el 25% y el 35% de los pacientes trasplantados. La incidencia de fracturas es más frecuente en mujeres, en pacientes de edad avanzada, en aquéllos con colestasis crónica o etiología alcohólica y, especialmente, en los casos con osteoporosis y fractura antes del trasplante. En los estudios efectuados más recientemente se ha observado una notable disminución de la incidencia de fracturas tras el trasplante. Esta reducción se podría explicar, en parte, por los cambios en el tratamiento inmunosupresor y, básicamente, por la drástica disminución de la dosis de glucocorticoides. No obstante, también puede influir el hecho de que los pacientes llegan al trasplante en mejores condiciones, así como que proporcionalmente se realizan menos trasplantes en pacientes con colestasis crónicas, que son los que tienen una peor masa ósea antes del trasplante (11).

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Patogenia de la osteoporosis en las enfermedades hepáticas

La cantidad de masa ósea depende del balance entre dos procesos opuestos: la formación ósea inducida por los osteoblastos y la resorción ósea originada por los osteoclastos. En consecuencia, la pérdida de masa ósea se produce cuando hay un balance negativo, en el sentido de que la cantidad de hueso resorbido supera al formado (1). Diferentes estudios han propuesto que la anomalía inicial para el desarrollo de osteoporosis en las enfermedades hepáticas es la disminución de la formación ósea, mientras que otros han hallado una formación normal, pero una resorción aumentada (12). Existen datos histomorfométricos avalados por las bajas concentraciones circulantes de osteocalcina (marcador de formación ósea), que sustentan la hipótesis de una disminución de la formación ósea como el factor esencial para la presencia de osteoporosis (13) (figura 2). Del mismo modo, existen datos experimentales que avalan esta hipótesis, ya que la bilirrubina altera la capacidad proliferativa de los osteoblastos en función de la dosis. Por otra parte, existen evidencias sobre el efecto nocivo del alcohol sobre la formación ósea. Ello no sólo se ha demostrado en pacientes con una cirrosis alcohólica, sino también en pacientes alcohólicos con un menor grado de lesión hepática e incluso en ausencia de lesión. En la biopsia ósea de estos pacientes, se ha observado una reducción del grado de formación ósea y unas bajas concentraciones circulantes de osteocalcina (un marcador bioquímico de formación ósea) durante el consumo de alcohol, que se normalizan con la abstinencia. Asimismo, se observa una considerable recuperación de la densidad mineral ósea tras dos años de abstinencia (14). Igualmente, debe tenerse en cuenta la acción propia de la enfermedad hepática con las deficiencias nutricionales que comporta, así como con la coexistencia de hipogonadismo asociado al consumo de alcohol o como consecuencia de la insuficiencia hepatocelular. La hemocromatosis es otra enfermedad hepática que puede originar osteoporosis. Por una parte, la hemocromatosis produce un hipogonadismo y, en consecuencia, puede originar osteoporosis; pero, además, se ha postulado que el mismo depósito de hierro puede ser el causante de una baja formación ósea por un efecto lesivo directo del hierro sobre la actividad de los osteoblastos.

El reducido grado de formación ósea que se observa en las enfermedades hepáticas también podría estar relacionado con las bajas concentraciones de elementos tróficos, como el factor de crecimiento de similar a la insulina (IGF-1). Así, se ha observado que pacientes con cirrosis hepática y osteoporosis, niños con colestasis y modelos experimentales de cirrosis con osteopenia tienen concentraciones bajas de este factor, y que la administración del mismo a ratas aumenta su densidad mineral ósea. Sin embargo, el mecanismo intrínseco por el cual este factor contribuiría al desarrollo de osteoporosis en las enfermedades hepáticas no está bien definido.

Otros estudios han hallado un aumento de la resorción ósea en las enfermedades hepáticas, y se ha apuntado que esta mayor resorción sería la causa de la osteoporosis (12). De hecho, en muchos estudios histomorfométricos realizados en biopsias óseas de pacientes con colestasis crónica se ha descrito un cierto aumento del grado de resorción ósea. Sin embargo, debe señalar que estas observaciones se han realizado generalmente en mujeres postmenopáusicas y con una enfermedad hepática muy avanzada, en quienes una carencia incuestionable o subclínica de calcio y vitamina D podría provocar un hiperparatiroidismo secundario, que produciría un aumento del recambio óseo. A pesar de estas evidencias, la contribución de la resorción ósea en la osteoporosis de las enfermedades hepáticas es todavía motivo de controversia.

Existen otros factores que pueden contribuir al desarrollo de osteoporosis en las enfermedades hepáticas. La mayoría de ellos son inciertos, como una predisposición genética determinada por polimorfismos del gen del receptor de la vitamina D o de la cadena alfa-1 del colágeno tipo 1 (15). En este sentido, se han publicado resultados contradictorios respecto al gen del receptor de la vitamina D, aunque el polimorfismo Sp1 del colágeno se ha asociado con un menor pico (concentración máxima) de masa ósea en los pacientes con cirrosis biliar primaria (8). Asimismo, recientemente se han identificado la osteoprotegerina (OPG) y su ligando RANKL como reguladores moleculares del remodelado óseo, que al actuar sobre la diferenciación de los osteoclastos pueden intervenir en el desarrollo de osteoporosis. El papel de la osteoprotegerina en las enfermedades hepáticas y, particularmente, la contribución del sistema OPG/RANKL en la osteoporosis y la osteopenia de la cirrosis biliar primaria son desconocidos, pero se ha postulado que una mala función hepática podría estar ligada a una menor producción de osteoprotegerina y un aumento de la resorción ósea. Sin embargo, los pocos resultados disponibles en la actualidad indican lo contrario, ya que la osteoprotegerina está aumentada y el RANKL disminuido en el suero de los pacientes con cirrosis biliar primaria, y que estas concentraciones no se asocian con la presencia de osteoporosis. Por lo tanto, el potencial papel del sistema OPG/RANKL en el desarrollo de osteoporosis en las enfermedades hepáticas está todavía por especificar.

En la patogenia de la osteoporosis también debe tenerse en cuenta el efecto de algunos de los tratamientos que reciben los pacientes con una enfermedad hepática crónica. Los glucocorticoides y otros fármacos inmunomoduladores tienen una notable incidencia en la patogenia de la osteoporosis, especialmente después de un trasplante hepático. También es destacable la influencia de los corticosteroides, particularmente en los pacientes con una enfermedad de etiología autoinmunitaria y en casos muy específicos de cirrosis biliar primaria o colangitis esclerosante primaria. Los efectos de la ciclosporina sobre el hueso en los pacientes hepatópatas son en cierta manera contradictorios. Así, en pacientes con cirrosis biliar, se ha observado que la ciclosporina retrasa la pérdida de masa ósea, mientras que en pacientes trasplantados puede contribuir a la pérdida de la misma, tal como se ha descrito en estudios experimentales. También se ha sugerido que el tratamiento combinado con interferón y ribavirina podría reducir la masa ósea en los pacientes con hepatitis crónica, aunque existen otros resultados que no confirman esta observación. Otros agentes, como el ácido ursodesoxicólico, podrían tener un efecto beneficioso sobre la masa ósea, ya que al mejorar la colestasis retrasarían el desarrollo de osteoporosis. Sin embargo, no hay estudios concluyentes que avalen esta presunción.

La patogenia de la osteoporosis en los pacientes con trasplante hepático es muy parecida a la de la osteoporosis en otros pacientes que reciben un trasplante de órgano sólido, como corazón o pulmón. En estos pacientes se observan dos fases después del trasplante, una que acontece inmediatamente después del mismo y otra a largo plazo. En la primera fase, se produce un notable aumento del recambio óseo (10), que se observa tanto en el análisis histomorfométrico de la biopsia ósea como por el aumento de los marcadores de resorción, que superan al aumento de los de formación. Además, durante este período, existe una tendencia a normalizar las alteraciones del metabolismo mineral, que habían provocado tanto la enfermedad hepática como la disfunción gonadal, y se observa una recuperación de las concentraciones de 25-hidroxivitamina D (10). Visto de forma conjunta, el período inicial postrasplante, de rápida pérdida de masa ósea y elevada tasa de nuevas fracturas, se asocia con un alto recambio óseo y una resorción que sobrepasa la formación ósea. Esta alteración del remodelado está relacionada fundamentalmente con la administración de glucocorticoides y, probablemente, también con los efectos sistémicos de la ciclosporina o del tacrólimus (11).

En la segunda fase, que aparece generalmente a partir de los seis meses del trasplante, se observa un aumento tanto de los parámetros histológicos como de los marcadores bioquímicos de formación (10). En este momento no sólo ha cesado la pérdida de masa ósea a nivel lumbar sino que empieza a aumentar de forma espontánea. Asimismo, aumentan de las concentraciones de hormona paratiroidea en paralelo con las de creatinina, y también se observa un incremento de la osteocalcina sérica. Estos efectos se observan en los pacientes tratados con ciclosporina en combinación o no con corticosteroides. Este hiperparatiroidismo secundario, probablemente relacionado con alteraciones de la función renal, puede contribuir a la alteración del remodelado óseo, con un efecto más notable en el hueso cortical y, por tanto, en el fémur proximal (10). Los factores implicados en los cambios óseos de esta segunda fase del trasplante son la normalización de la función hepática y la reducción gradual de los corticosteroides, que dan lugar a un aumento de la formación ósea, así como un hiperparatiroidismo secundario relacionado con la ciclosporina.

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Diagnóstico de la osteoporosis

En cualquier paciente con una enfermedad hepática crónica debe evaluarse la presencia de factores de riesgo para el desarrollo de osteoporosis, tales como consumo crónico de alcohol, consumo de tabaco, índice de masa corporal inferior a 19 kg/m2, hipogonadismo en el varón, menopausia precoz (mujeres menores de 45 años), amenorrea secundaria de más de seis meses de duración, historia familiar de fractura por fragilidad y tratamiento con glucocorticoides (más de 5 mg de prednisolona durante más de tres meses). Si incide alguno de estos factores y, además, se trata de un paciente con colestasis crónica o con antecedentes de fractura por fragilidad, debe realizarse una densitometría de columna lumbar y femoral para definir la presencia de osteopenia o de osteoporosis (Tabla 2) según los criterios de la OMS (2). También debe efectuarse una radiografía de la columna vertebral dorsal y lumbar en proyección de perfil para conocer si existen fracturas vertebrales (4, 16).

En los pacientes con una densidad ósea normal y sin fracturas, se aconseja un seguimiento periódico bianual. En los pacientes con colestasis crónica y más de un factor de riesgo para desarrollar osteoporosis, y en los que reciben corticosteroides, el control densitométrico debe ser anual. También debe realizarse una densitometría y una radiografía de columna a todos los pacientes que serán sometidos a un trasplante hepático.

Para la evaluación de la patología metabólica ósea se debe, además, determinar las concentraciones plasmáticas de calcio, fósforo, 25-hidroxivitamina D y hormona paratiroidea. En casos especiales debe descartarse la presencia de trastornos de la función tiroidea y la función gonadal.

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Prevención y tratamiento de la enfermedad ósea

Medidas generales

La pauta de profilaxis y tratamiento de la osteoporosis en las enfermedades hepáticas se muestra en la Figura 3. Es conveniente reducir al máximo, y dentro de lo posible, los factores que contribuyen a la pérdida de masa ósea, básicamente suprimir la ingesta de alcohol y el consumo de tabaco. La dosis de glucocorticoides debe ajustarse a la mínima necesaria. También se aconseja la mayor actividad física posible y ejercicios dirigidos a mejorar la mecánica de la columna vertebral.

Se debe prescribir una dieta equilibrada, dentro de lo posible, ya que en muchas ocasiones, al tratarse de pacientes con enfermedad avanzada, están inapetentes y desnutridos. En cualquier caso deben aportarse suplementos de calcio (1000-1500 mg/día) y de vitamina D (260 µg de 25-hidroxivitamina D cada 2 semanas o la dosis necesaria para mantener concentraciones normales de esta vitamina). Debe tenerse especial precaución en pacientes que reciben resinas como colestiramina, ya que su administración puede reducir la absorción intestinal de la vitamina D. Los suplementos de vitaminas están especialmente indicados en los casos de colestasis crónica. A pesar de que se recomienda el suplemento con calcio y vitamina D, no existen datos que prueben la eficacia de estos suplementos para impedir la disminución de la masa ósea, pero por lo menos se evita el factor añadido relacionado con su carencia.

En los pacientes trasplantados es pertinente reducir al máximo tolerable la dosis de glucocorticoides e inmunosupresores, y deben aplicarse las mismas medidas generales, incluyendo el aporte de calcio y vitamina D. A pesar de estas recomendaciones, no existen resultados concluyentes sobre la eficacia de los suplementos de calcio y vitamina D en estos pacientes. Sin embargo, en un estudio no aleatorizado, se ha publicado que el tratamiento con calcitriol (0,25 µg/día o 0,50 µg/día), asociado o no a calcio, reduciría la pérdida ósea y la incidencia de fracturas. También se ha señalado que la administración de calcidiol (0,5 µg/día a 1 µg/día) aumentaría la densidad ósea lumbar. Por el contrario, otros estudios no han podido confirmar estos datos, incluso cuando el suplemento del calcidiol y calcio se acompaña de la administración de un bifosfonato como el etidronato.

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Tratamientos específicos

A excepción de la cirrosis biliar primaria y, ocasionalmente, otras enfermedades, no se han realizado estudios consistentes para determinar la eficacia de distintas terapias en la osteoporosis asociada a las enfermedades hepáticas. Además, generalmente, los estudios incluyen un número muy reducido de pacientes, por lo cual es muy difícil establecer pautas terapéuticas definitivas, y en ningún caso se ha podido demostrar una clara acción antifracturaria.

Tampoco existe unanimidad sobre el momento apropiado para iniciar el tratamiento. Parece, sin embargo, razonable la actitud de tratar los pacientes con una osteoporosis establecida para reducir el riesgo de fracturas. También deberían tratarse los pacientes con colestasis crónica cuando presentan una osteopenia y más de un factor de riesgo para el desarrollo de osteoporosis. Asimismo, es pertinente administrar tratamiento a los pacientes trasplantados con osteoporosis.

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Tratamiento hormonal

Existe muy poca información sobre la conveniencia de administrar tratamiento hormonal a pacientes con una enfermedad hepática avanzada. De hecho, durante muchos años se había considerado que la administración de estrógenos podría estar contraindicada en este tipo de pacientes. En la actualidad existen, sin embargo, datos que revelan que este tratamiento no produce efectos adversos notables en relación con la enfermedad hepática y que su administración impide la pérdida o incluso aumenta la densidad mineral ósea en pacientes con cirrosis biliar primaria o cirrosis autoinmune. En varones con una hemocromatosis e hipogonadismo también se ha observado la eficacia del tratamiento con testosterona.

En pacientes trasplantados, solamente se ha publicado un estudio que ha analizado la eficacia y seguridad del tratamiento hormonal a corto plazo. En este ensayo se administraron 50 µg/día de estradiol por vía transdérmica a 33 pacientes posmenopáusicas. Se observó un aumento del 5% en la densidad ósea lumbar y del 3% en el cuello de fémur, así como un descenso del 47% en las concentraciones séricas de un marcador de formación ósea. No obstante, la interpretación de los datos es incierta si tenemos en cuenta que algunos pacientes recibieron simultáneamente calcio y vitamina D, y que únicamente tres de los siete pacientes del grupo control completaron los dos años de tratamiento.

A pesar de estos resultados, actualmente se considera que la administración de hormonas no es el tratamiento más adecuado si se tiene en cuenta que para tratar la osteoporosis asociada a otras patologías o incluso en la osteoporosis posmenopáusica parece más oportuno utilizar otros procedimientos que no tienen los efectos adversos, algunos graves, de la terapia hormonal.

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Fluoruro sódico

Este fármaco aumenta la formación ósea, y se ha utilizado en ciertas formas de osteoporosis, aunque en los últimos años se ha visto superado por los agentes antirresortivos. La administración de fluoruro sódico en las hepatopatías previene la pérdida de masa ósea (17), pero con una menor eficacia que el etidronato sódico (18). De hecho, en un estudio controlado en pacientes con cirrosis biliar primaria se observó que el efecto del fluoruro sódico fue superior al placebo. En otro estudio realizado también en pacientes con cirrosis biliar primaria se observó que el efecto del flúor fue inferior al del etidronato para prevenir la pérdida de masa ósea, especialmente a nivel femoral. También se ha empleado el flúor, a dosis bajas y en combinación con calcitriol y calcio, a los seis meses del trasplante hepático, con una mayor recuperación de la masa ósea en comparación con el grupo que únicamente recibió suplementos de calcio y vitamina D. En ninguno de los estudios se ha podido demostrar ninguna eficacia antifracturaria del fluoruro sódico, quizá por el reducido número de casos evaluados.

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Calcitonina

La eficacia de la calcitonina como agente antirresortivo en los pacientes hepatópatas es poco clara. En un estudio piloto realizado en 11 pacientes con cirrosis biliar primaria se observó que la administración combinada de calcitonina, calcio y vitamina D durante doce meses se asociaba a una menor pérdida de masa ósea que en los pacientes no tratados. El mismo grupo publicó que estos efectos a largo plazo eran más favorables en los pacientes con osteopenia. Sin embargo, otros estudios han aportado resultados negativos, en el sentido de que la administración de calcitonina durante seis meses fue incapaz de impedir la pérdida de hueso trabecular, si bien debe tenerse en cuenta que eran pacientes con intensa osteoporosis y que recibieron calcitonina durante un período muy corto.

En un estudio aleatorizado efectuado en pacientes trasplantados, se observó que la administración intramuscular de 40 UI/día de calcitonina durante un año se asoció a un aumento significativo de la densidad mineral ósea en comparación con el grupo que no recibió calcitonina. En el grupo tratado, el aumento de la densidad ósea lumbar y femoral fue del 6,4% y 8,3% respectivamente. Sin embargo, los efectos sobre la masa ósea y antifracturarios de la calcitonina no fueron tan claros en otro estudio de seis meses de duración, en el cual este fármaco no previno ni redujo la pérdida de masa ósea y de fracturas espontáneas durante el primer año después del trasplante en pacientes con masa ósea basal muy disminuida.

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Bisfosfonatos

Los bisfosfonatos son fármacos antirresortivos que aumentan la masa ósea y reducen la incidencia de fracturas en la osteoporosis posmenopáusica. En las enfermedades hepáticas existen datos poco concluyentes, básicamente por el escaso número de estudios y los pocos pacientes tratados (18-20). No obstante, se ha demostrado que el etidronato, administrado de forma cíclica, puede prevenir la pérdida de masa ósea a los dos años de tratamiento, y que el alendronato aumenta la masa ósea en la cirrosis biliar primaria, de forma parecida a lo que acontece en osteoporosis de otras causas. Así, en un estudio publicado recientemente, en el cual se comparó la administración durante dos años de alendronato (10 mg/día) frente a etidronato (400 mg durante 14 días en períodos de tres meses) en pacientes con cirrosis biliar primaria, se observó un aumento notable de la densidad mineral ósea lumbar y femoral en los pacientes que recibieron alendronato (20) (Figura 4). El etidronato únicamente fue capaz de impedir la disminución de la masa ósea. Ningún paciente desarrolló nuevas fracturas vertebrales y tres pacientes (dos tratados con alendronato y uno con etidronato) desarrollaron fracturas periféricas. No se observaron efectos secundarios y el potencial efecto adverso del alendronato para producir esofagitis no se detectó en ningún caso. Por tanto, parece razonable la administración de estos fármacos en los pacientes osteoporóticos antes del trasplante, si bien no hay datos sobre su efecto en la reducción del riesgo de fractura.

En los pacientes con enfermedad hepática crónica terminal se ha evaluado la eficacia del pamidronato, un bifosfonato que se administra por vía parenteral y que tiene una marcada capacidad antirresortiva. Los tres estudios publicados aportan resultados contradictorios respecto a la eficacia de este compuesto sobre la pérdida de masa ósea y la reducción de la tasa de fracturas. En el primer estudio, que incluyó trece pacientes con osteopenia, la administración de pamidronato disódico cada tres meses antes y durante nueve meses después del trasplante mostró una cierta disminución de la incidencia de fracturas en comparación con un grupo no tratado. En un segundo estudio, se comparó la eficacia de 30 mg de pamidronato disódico cada tres meses, además de calcio (1 g/día) y vitamina D (1000 UI/día), durante dos años, frente a un grupo retrospectivo que no había recibido pamidronato. Se observó un aumento significativo de la densidad ósea lumbar y femoral a los dos años de tratamiento, si bien debe tenerse en cuenta que existió un período de tiempo muy largo entre el trasplante y el tratamiento (mediana de 2 a 3 años). En el tercer estudio, que incluyó 99 pacientes sometidos a trasplante que antes de la intervención recibieron de forma aleatoria 60 mg de pamidronato o fueron controles, no se pudo demostrar ningún efecto favorable de este bisfosfonato sobre la densidad mineral ósea ni en la tasa de nuevas fracturas. Un dato curioso de este estudio fue la ausencia de pérdida de masa ósea lumbar y una baja tasa de nuevas fracturas (8%) en el grupo no tratado, así como una clara disminución de la densidad ósea femoral que no se previno con el pamidronato. Estos estudios con pamidronato han incluido pocos pacientes o bien no han sido diseñados de forma oportuna para detectar la pérdida de masa ósea y la capacidad de reducir el riesgo de nuevas fracturas, por lo cual se requiere un estudio con una metodología y diseño adecuados para contestar a estas preguntas.

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Sumario y conclusiones

La osteoporosis es una complicación que presentan frecuentemente los pacientes con una enfermedad hepática crónica, especialmente en fase terminal, y cuando existe una colestasis crónica. El problema es todavía más importante en los pacientes sometidos a trasplante, ya que en el período inmediato al trasplante se acelera el proceso de pérdida de masa ósea, lo que conlleva una mayor incidencia de fracturas. En la patogenia de la osteoporosis interviene, fundamentalmente, un bajo grado de formación ósea que se asocia con la gravedad de la enfermedad, la edad y, en ciertas etiologías, con la duración e intensidad de la colestasis. También se ha descrito un componente de aumento de la resorción ósea, especialmente en las mujeres con colestasis y en fases avanzadas de la enfermedad. En la osteoporosis postrasplante existen dos fases: la inicial, particularmente relacionada con el tratamiento con glucocorticoides, y una tardía en la que intervienen los inhibidores de la calcineurina.

Para la prevención y tratamiento de la osteoporosis se aconseja un buen aporte nutricional, suprimir los factores de riesgo de osteoporosis y administrar suplementos de calcio y vitamina D. Como medidas profilácticas se ha postulado el tratamiento hormonal, aunque en la actualidad esta indicación es discutible, incluso en pacientes no hepatópatas, por los efectos adversos de las hormonas. No existe un tratamiento específico de la osteoporosis, si bien se ha demostrado que los bifosfonatos, especialmente el alendronato, aumentan la masa ósea en pacientes con colestasis crónica. Su utilización en pacientes trasplantados no está todavía suficientemente comprobada. El reducido número de pacientes incluidos en los ensayos terapéuticos ha sido un factor determinante para no poder demostrar la eficacia en la disminución de la incidencia de fracturas. En los pacientes sometidos a trasplante es capital mantener la dosis de los fármacos inmunosupresores al mínimo imprescindible.

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Referencias.-

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10. Monegal, A., Navasa, M., Guañabens, N. y cols. Bone disease after liver transplantation. A long-term prospective study of bone mass changes, hormonal disorders and histomorphometric characteristics. Osteoporos Int 2001; 12: 484-492.
11. Compston, J.E. Osteoporosis after liver transplantation. Liver Transp 2003; 9: 321-330.
12. Rouillard, S., Lane, N.E. Hepatic osteodystrophy. Hepatology 2001; 33: 301-307.
13. Guañabens, N., Parés, A., Mariñoso, L. y cols. Factors influencing the development of metabolic bone disease in primary biliary cirrhosis. Am J Gastroenterol 1990; 85: 1356-1362.
14. Peris, P., Parés, A., Guañabens, N. y cols. Bone mass improves in alcoholics after two years of abstinence. J Bone Miner Res 1994; 9: 1607-1612.
15. Parés, A., Guañabens, N., Rodés, J. Gene polymorphisms as predictors of decreased bone mineral density and osteoporosis in primary biliary cirrhosis. Eur J Gastroenterol Hepatol 2005 (en prensa).
16. Collier, J.D., Ninkovic, M., Compston, J.E. Guidelines on the management of osteoporosis associated with chronic liver disease. Gut 2002; 50(Supl. I): I1-9.
17. Guañabens, N., Parés, A., Del Río, L. y cols. Sodium fluoride prevents bone loss in primary biliary cirrhosis. J Hepatol 1992; 15: 345-349.
18. Guañabens, N., Parés, A., Monegal, A. y cols. Etidronate versus fluoride for treatment of osteopenia in primary biliary cirrhosis: Preliminary results after 2 years. Gastroenterology 1997; 113: 219-224.
19. Lindor, K.D., Jorgensen, R.A., Tiegs, R.D., Khosla, S., Dickson, E.R. Etidronate for osteoporosis in primary biliary cirrhosis: A randomized trial. J Hepatol 2000; 33: 878-882.
20. Guañabens, N., Parés, A., Ros, I. y cols. Alendronate is more effective than etidronate for increasing bone mass in osteopenic patients with primary biliary cirrhosis. Am J Gastroenterol 2003; 98: 2268-2274.

Tabla 1. Prevalencia de osteoporosis y fracturas óseas en las enfermedades hepáticas. (Adaptado de las referencias 4 y 16.)

Enfermedad
Autor
Año
n
Osteoporosis (%)
Fracturas (%)
Cirrosis biliar primaria
Guañabens
1990
20
35*
Guañabens
1994
38
45
13
Springer
2000
72
24
Parés
2001
61
21
13
Newton
2001
272
31
Menon
2001
176
20
6
Guañabens
2005
142
31
14
Etiología diversa
Diamond
1989
115
16
12-18
Bonkowsky
1990
133
26
Chen
1996
74
20
7
Monegal
1997
56
26
22
Sinigaglia
1997
32
28
Ninkovick
2000
37
22
35

Tabla 2. Indicaciones de densitometría ósea en las enfermedades hepáticas.

· Colestasis crónica
· Mujer postmenopáusica
· Hipogonadismo masculino
· Tratamiento prolongado con glucocorticoides
· Fractura vertebral por compresión
· En la evaluación para trasplante

Figura 1. Examen de una biopsia ósea en un paciente con osteoporosis (panel B). Se observa una alteración de las trabéculas óseas que son más finas y con una solución de continuidad. Puede verse la diferencia de forma clara con una biopsia ósea normal (panel A).

Figura 2. Volumen trabecular y tasa de formación ósea en una serie de 20 pacientes con cirrosis biliar primaria. (referencia 13). Las áreas sombreadas indican los intervalos de normalidad.



Figura 3. Esquema de profilaxis y tratamiento de la osteoporosis en las enfermedades hepáticas.

Figura 4. Cambios en la densidad mineral ósea lumbar en pacientes con cirrosis biliar primaria tratados con alendronato (10 mg/día) o etidronato (400 mg/día durante 14 días en ciclos de tres meses). * p <0,05 respecto a etidronato. (Adaptado de referencia 20.)

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