Última actualización 29 de Noviembre de 2006.


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Hepatotoxicidad por fármacos

Junio 2001
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Panel de Expertos Julio 2001

HEPATOTOXICIDAD POR FÁRMACOS

Raúl J. Andrade Bellido, Mª Isabel Lucena González, Raquel Camargo Camero y Elena García Ruiz.
Unidad de Hepatología. Servicio de Aparato Digestivo
Hospital Universitario "Virgen de la Victoria"
Facultad de Medicina. Málaga.


Importancia de la hepatotoxicidad por fármacos

El hígado, estratégicamente localizado entre la circulación portal y la sistémica, está predispuesto a fenómenos de toxicidad química, a causa de que participa en la biotransformación de todas las sustancias liposolubles, que atraviesan la membrana lipídica del enterocito, como paso previo imprescindible para su eliminación por el riñón o por el sistema biliar. Sí bien, el diagnóstico de hepatotoxicidad es menos frecuente que el de otras enfermedades que afectan al hígado, éste está potencialmente relacionado con una amplísima variedad de agentes medicinales (más de 1100 hasta el momento actual) (1). El número de hepatotoxinas potenciales se incrementa si se incluyen las drogas de abuso o los remedios de herboristería.

Por sorprendente que pueda resultar, sin embargo, la implicación de agentes farmacológicos en la producción de daño hepático ha sido infravalorada o simplemente ignorada hasta el último cuarto del siglo XX. Así, fármacos como el ácido acetil salicílico, la quinidina o la papaverina han sido utilizados durante decenios sin que se advirtiese su potencial hepatotóxico. La implantación de agencias estatales de farmacovigilancia, encargadas, entre otras funciones, de registrar las posibles reacciones adversas asociadas al consumo de fármacos, de efectuar cálculos de los riesgos y de diseminar esta información entre los clínicos, ha supuesto un indudable avance en la toma de conciencia del problema y la oportuna adopción, en numerosas ocasiones, de medidas reguladoras (restricciones de indicación y retirada del mercado del medicamento responsable), pero la información epidemiológica sobre la hepatotoxicidad continúa siendo escasa e imprecisa, proviniendo usualmente de publicaciones de casos aislados o en series y de revisiones de la literatura, además de, puntualmente, de algunos programas específicos de vigilancia poscomercialización o de la monitorización de poblaciones específicas (2). Si a ello se suma la carencia de marcadores específicos de hepatotoxicidad, que permitan un diagnóstico etiológico de certeza, se explica que muchas incidencias pasen desapercibidas, estimándose que la identificación no supera el 10 % de las reales. No obstante, la incidencia de hepatotoxicidad parece estar creciendo como consecuencia de la exposición a nuevos agentes (3).

Se ha calculado que la enfermedad hepática de origen tóxico supone entre 1/600 a 1/3.500 de todos los ingresos hospitalarios; aproximadamente un 3 % de las hospitalizaciones son por ictericia, un 10 % por hepatitis agudas ictéricas y entre un 15-25 % de los casos por insuficiencia hepática fulminante (4).

La frecuencia asociada de hepatotoxicidad varía extraordinariamente entre los agentes medicinales, oscilando entre aproximadamente 1 caso por cada 100 sujetos expuestos a isoniazida a 1 por millón entre los que reciben penicilina natural (5). Las estimaciones sitúan el riesgo de hepatotoxicidad, para la mayoría de las moléculas en uso, entre 1/10.000 a 1/100.000 sujetos expuestos. No obstante, el riesgo exacto de toxicidad hepática por medicamentos es desconocido, ya que, aunque pueda calcularse con relativa precisión el número de casos de daño hepático (numerador), no es posible determinar el total de sujetos expuestos (denominador), pudiéndose cuantificar únicamente el número de prescripciones (6). Ciertos grupos farmacológicos, como los antibióticos, los antiinflamatorios no esteroideos (AINE), los anticonvulsivantes o los antineoplásicos, se incriminan con mayor frecuencia que otros en las reacciones hepatotóxicas.

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Mecanismos de hepatotoxicidad

Las sustancias que pueden dañar el hígado y que lo hacen por un mecanismo de toxicidad directa, en la mayoría de los individuos expuestos y en diversas especies animales, reciben el nombre de hepatotoxinas intrínsecas. Aquellas otras, cuyo potencial tóxico depende de factores propios del huésped (susceptibilidad individual) y, por tanto, sólo lesionan el hígado de muy pocos sujetos entre los que las reciben, de manera impredecible y sin relación con la dosis, son denominadas hepatotoxinas idiosincrásicas. En los fármacos comercializados la mayoría de las hapatotoxinas se encuadra en este último grupo.

La patogenia de la toxicidad hepática en los sujetos susceptibles continúa siendo un enigma; evidencias indirectas sustentan la hipótesis más aceptada, que es la generación de metabolitos reactivos durante las reacciones de biotransformación hepática de fase I, que tienen lugar merced al concurso del citocromo P-450 (CYP), un conjunto de enzimas microsomales bajo control genético. La ausencia de un determinado CYP o, lo que sería más frecuente, la presencia de polimorfismo en uno o en varios CYP determinaría, bien la inactivación del compuesto original (tóxico), o bien la formación de metabolitos aberrantes (idisosincrasia metabólica). El resultado de este proceso es la presencia intracelular de radicales libres o compuestos electrofílicos que deplecionan el glutatión de las células, se unen covalentemente a proteínas, lípidos o ácidos nucleicos o inducen peroxidación lipídica. Un nexo final de daño celular, común de estas vías, parece ser un aumento sostenido en la concentración intracelular de Ca++ (7). A la necrosis hepatocelular resultante pueden contribuir los mediadores inflamatorios, liberados por las células no parenquimatosas, que también actuarían estimulando la apoptosis. Este último mecanismo puede verse favorecido por cambios en el estado de óxido-reducción de la célula hepática. Así, la expresión aumentada de CYP 2E1, una enzima prooxidante, inducida en situaciones de consumo crónico de alcohol o en la esteatohepatitis no alcohólica, sensibiliza a los hepatocitos a la toxicidad del TNF-a (8). Ambas situaciones son muy prevalentes en la población general y establecería una relación entre la predisposición genética y los factores ambientales en la génesis de la hepatotoxicidad idisosincrásica.

En una minoría de casos el metabolito reactivo, presumiblemente, forma aductos con proteínas o con el propio enzima microsomal que lo ha generado, comportándose como un neoantíageno y dando lugar a una respuesta inmune, dirigida contra las células hepáticas (idiosincrásica inmunoalérgica o por hipersensibilidad). En raras ocasiones la hepatotoxicidad idiosincrásica sobreviene por un fallo, genéticamente condicionado, en los sistemas enzimáticos de detoxificación (reacciones de fase II) encargados de neutralizar los metabolitos reactivos. Un ejemplo lo constituye la carencia demostrada de epóxido hidrolasa, en los pacientes con hepatotoxicidad por difenilhidantoína, que impediría detoxificar los epóxidos tóxicos del compuesto producidos durante las reacciones de fase I (6).

Otros mecanismos de lesión hepática tóxica derivados de la génesis de metabolitos reactivos y que dan lugar a síndromes específicos, son la interrupción del flujo biliar, originando colestasis, o la alteración del funcionalismo mitocondrial, especialmente de la b-oxidación, cuya consecuencia es una esteatosis microvesicular y una esteatohepatitis (5). Merece destacarse el hecho, que añade una gran complejidad al fenómeno de la hepatotoxicidad, de que un mismo fármaco puede dañar el hígado por diferentes mecanismos. Además, se han identificado factores adquiridos que pueden modular la hepatotoxicidad, incrementando usualmente su riesgo con algunos fármacos.

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Expresión clínica

La expresión clínico-patológica de la hepatotoxicidad es extraordinariamente variada, comprendiendo desde alteraciones asintomáticas y reversibles en las enzimas hepáticas, hasta necrosis hepática masiva e insuficiencia hepática fulminante (2,3,5,6). El patrón de lesión depende del tipo celular preferentemente afectado; si bien el hepatocito es la célula diana habitual y la hepatitis aguda ictérica o anictérica la forma de presentación más frecuente (90 % de los casos), cualquier célula parenquimatosa o no parenquimatosa del hígado (del epitelio biliar, endoteliales, estrelladas, etc.,) puede resultar dañada de forma aislada o en combinación. El resultado es que la enfermedad hepática producida por medicamentos puede expresarse simulando, virtualmente, todos los síndromes hepáticos agudos y crónicos, incluso lesiones vasculares y neoplasias. Aunque los medicamentos hepatotóxicos tienden a producir un patrón constante de lesión (p. ej.: isoniazida - lesión hepatocelular aguda; amoxicilina/ ácido clavulánico - hepatitis colestásica), ocasionalmente se describen síndromes que pueden variar de un paciente a otro para un determinado fármaco (nimesulida - hepatitis hepatocelular o colestásica; carbamazepina - hepatitis hepatocelular, colangitis y hepatitis granulomatosa). La expresión clínica más común de hepatotoxicidad, en la que se encuentran involucradas cientos de moléculas, son la hepatitis hepatocelular y las colestasis agudas. Entre los agentes productores de lesión aguda de tipo hepatocelular, cuya alteración biológica más frecuente es una marcada elevación de AST y ALT con mínimos incrementos o normalidad de g-GT y de fosfatasa alcalina, se encuentran las hepatotoxinas intrínsecas, como el paracetamol, e idiosincrásicas, como la isoniazida, entre otras muchas.

Otros agentes, característicamente vinculados a la producción de colestasis aguda con necrosis hepatocelular asociada, caracterizada por ictericia e incrementos marcados de g-GT y fosfatasa alcalina y sólo moderados de transaminasas, son la clorpromazina y la amoxicilina/ácido clavulánico. Tanto la lesión hepatocelular aguda como la colestasis pueden producirse en una proporción de casos por un mecanismo de hipersensibilidad (Tabla I). Una expresión menos frecuente, aunque grave, de la toxicidad hepática por fármacos es la esteatosis microvesicular asociada al uso de ciertos medicamentos, como el ácido acetil salicílico, el ácido valproico, la tetraciclina, la amiodarona y diversos nucleósidos análogos, especialmente la fialuridina y los antiretrovirales retrovir y didanosina.

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Diagnóstico

En la era del diagnóstico molecular de numerosas enfermedades, el proceso de establecimiento de causalidad entre un agente medicamentoso y una reacción hepática continúa siendo todo un desafío. Los síndromes hepáticos, inducidos por fármacos, no exhiben características clínicas, analíticas o anatomopatológicas específicas que permitan un diagnóstico de certeza, de tal modo que dicho proceso se basa en la evidencia circunstancial de la exposición a la hepatotoxina potencial y la exclusión de otras causas alternativas de daño hepático (2,3,5,6). Es obligado efectuar una minuciosa anamnesis que tenga en cuenta todos los productos de prescripción o libre dispensación (incluyendo analgésicos, como el paracetamol, o productos de herboristería), así como el uso de drogas de abuso, consumidos en los meses previos. Debido a la potencial capacidad lesiva hepática de una amplia gama de agentes terapéuticos y la frecuente prescripción simultánea de varios medicamentos, es importante identificar al más probablemente involucrado. Esta aproximación puede hacerse prestando especial atención al fármaco tomado más recientemente y mediante el conocimiento del tipo de lesión hepática del paciente y su posible relación con la inducida, en la literatura científica, por alguno de los agentes bajo sospecha.

La cronología de la relación entre la exposición al agente(s) sospechoso y la reacción es de capital importancia. El periodo de latencia entre el inicio del tratamiento y la aparición del síndrome hepático es variable, pero usualmente dura entre 1 semana y 3 meses. Un periodo mayor de 3 meses es menos frecuente, pero puede darse con fármacos que producen hepatotoxicidad por un mecanismo metabólico con acumulación gradual de metabolitos tóxicos (9). Los agentes consumidos durante periodos mayores de una año sólo se podrán culpar de la reacción hepatotóxica excepcionalmente. A la inversa, un periodo de latencia muy corto (1 ó 2 días) es compatible con dicha reacción siempre que el paciente haya sido "sensibilizado" por una exposición previa al compuesto (hepatotoxicidad inmunoalérgica) (10). En general, las reacciones hepatotóxicas acompañadas de manifestaciones de hipersensibilidad (fiebre, exantema, eosinofilia) tienden a aparecer entre 1 y 5 semanas después de la instauración del tratamiento. Debe advertirse que con algunos fármacos (amoxicilina/ácido clavulánico) el síndrome hepático puede debutar tras varias semanas de la interrupción de un curso terapéutico (11,12).

De similar importancia, en el proceso de atribución de causalidad, es la evolución del cuadro tras la supresión del agente sospechoso. Al interrumpir el consumo del fármaco responsable la regla es una rápida mejoría clínica y del perfil hepático. Un descenso de, al menos, un 50 % en los niveles séricos de ALT, durante los primeros 30 días (sobre todo si ocurre durante la primera semana) tras la supresión, constituye una evidencia de peso a favor del fármaco. Son excepciones notables: la progresión desde el inicio a insuficiencia hepática fulminante o la evolución a la cronicidad; circunstancias que impiden evaluar el efecto de la retirada. Hay que señalar, asimismo, que eventualmente los síndromes hepatocelulares y colestásicos pueden continuar progresando hasta 2 semanas después de la retirada del agente, y que la colestasis tóxica tiene una resolución habitualmente más lenta que la hepatocelular, prolongándose durante semanas o meses, en algunos casos, y complicando así el establecimiento de la causalidad. La adscripción de un síndrome hepático a un medicamento es, aún más difícil de sustentar, en los casos muy raros, en los que se producen elevaciones tardías de las transaminasas tras una primera fase de mejoría, sin que haya ocurrido una nueva exposición al fármaco (2).

El efecto de la reexposición al agente sospechoso es un instrumento de evaluación de la causalidad muy concluyente, pero rara vez está justificado por motivos éticos, ya que la reacción hepática puede ser de mayor gravedad que el episodio inicial, particularmente cuando éste se acompañó de manifestaciones de hipersensibilidad. A la inversa, para los casos de hepatotoxicidad por mecanismo metabólico, un corto periodo de exposición (unas pocas dosis) puede ser insuficiente para generar una concentración crítica de metabolitos tóxicos, dando lugar a "falsos negativos".

Las manifestaciones clínicas de la hepatotoxicidad son, en general, inespecíficas y no constituyen una gran ayuda para el diagnóstico. Sin embargo, las manifestaciones extrahepáticas tanto de hipersensibilidad como de afectación de otros órganos, que se ven con ciertos fármacos, aumentan la probabilidad de causalidad. Particularmente, algunos fármacos, como la difenilhidantoína, la dapsona o el alopurinol inducen un síndrome de seudomononucleosis infecciosa con fiebre, adenopatías y linfocitos atípicos. Así, de este modo, una mononucleosis seronegativa debería orientar hacia una causa tóxica.

La biopsia hepática rara vez proporciona el diagnóstico directo de hepatotoxicidad y, por tanto, no se debe indicar regularmente con este propósito, especialmente si el papel causal del agente medicamentoso es evidente por criterios cronológicos. Tiene, en cambio, justificación practicarla si la etiología tóxica es dudosa y deben excluirse causas alternativas, si el fármaco sospechoso no ha sido previamente imputado en reacciones hepatotóxicas (para caracterizar el patrón de lesión) y con fines pronósticos (evaluar la fibrosis residual) (5). Los hallazgos histológicos que, aún sin ser específicos, sugieren hepatotoxicidad son: necrosis de predominio centrolobulillar (área de mayor actividad del CYP), esteatosis microvesicular, particularmente si es zonal y asociada a necrosis, infiltrado inflamatorio rico en eosinófilos, granulomas y lesiones destructivas de los ductos biliares.

Un Grupo Internacional de Consenso sobre esta materia estableció que la nomenclatura de las lesiones hepáticas tóxicas debería ser, en el caso de practicarse una biopsia, la de los hallazgos histológicos. En ausencia de esta información y basándose en criterios de laboratorio, se clasificarían en (13): a) hepatocelular: incremento aislado de ALT > 2N (límite superior de la normalidad) o R (actividad de ALT/FA expresada en múltiplos del límite superior de la normalidad) > 5; b) colestásica: incremento aislado de FA > de 2N o R < 2; c) mixta: ALT > 2N, incremento de FA y R > de 2, pero < 5. Dicha clasificación, aunque no contempla otros tipos de reacciones hepatotóxicas (granulomatosis, fibrosis, neoplasias), es útil desde el punto de vista pronóstico, ya que permite identificar a los pacientes que requerirán una vigilancia más estrecha.

En un intento de estimar, cuantitativamente, la probabilidad de que un agente terapéutico esté involucrado en un cuadro hepático, se han desarrollado varios instrumentos o algoritmos diagnósticos, que puntúan positivamente, negativamente o de forma neutra, según un baremo predeterminado, factores tales como la ausencia o la presencia de factores de confusión, la relación temporal entre el consumo del fármaco y la aparición de la hepatopatía, el efecto de la supresión del tratamiento sobre el perfil hepático, el efecto de la readministración del agente, la presencia de signos de hipersensibilidad y el conocimiento de la reacción en la literatura. La puntuación final obtenida clasifica el caso en altamente probable o definitivo, probable, posible, improbable o excluido (14,15). La escala de CIOMS ha demostrado ser más realista para la evaluación de la causalidad en un análisis comparativo (16).

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Historia natural y pronóstico

La noción general es que el pronóstico de la enfermedad hepática tóxica es bueno tras la supresión del agente causal, con una gradual restitución de la función hepática a la normalidad sin secuelas (2,3,5,6). Sin embargo, en la única serie de pacientes, afectos de reacciones hepatotóxicas, en la que se efectuó un seguimiento prolongado (media de 5 años), un 25 % de los que habían sido diagnosticados de hepatitis aguda tóxica presentaban elevación persistente de las transaminasas y algunos de ellos lesiones residuales de fibrosis y ductopenia (17).

El pronóstico inmediato de las reacciones hepatotóxicas depende de la extensión de la necrosis parenquimatosa. Las lesiones hepáticas de carácter hepatocelular entrañan un peor pronóstico que las colestásicas, particularmente si se acompañan de ictericia (que traduce una extensa necrosis hepatocitaria) en cuyo caso la mortalidad resultante global es de un 10 %-15 % (2,5). La esteatosis microvesicular comporta, también, un riesgo importante de evolución fatal. Un elevado porcentaje de estos casos de muerte se deben a una evolución fulminante de la reacción hepatotóxica. Se ha determinado que el factor primordial en dicha evolución desfavorable es la continuación del tratamiento con el agente responsable una vez iniciada la ictericia (2). El pronóstico de la insuficiencia hepática fulminante de origen tóxico idiosincrásico (excluyendo el paracetamol) es malo, con una mortalidad que se aproxima al 90 %, aunque con mayor frecuencia los pacientes se benefician del transplante hepático. A la inversa, una evolución fulminante es excepcional en la hepatitis colestásica, pero en un 1 % de los casos, la colestasis persiste a pesar de la retirada del agente, debido una destrucción progresiva de los colangiocitos, resultando en un síndrome similar a la cirrosis biliar primaria, denominado de ductopenia. El mecanismo subyacente a esta particular evolución se desconoce, aunque sugiere un fenómeno de autoinmunidad, dirigido contra las células del epitelio biliar, tras el episodio inicial de inmunoalergia (18).

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Tratamiento

La sobredosificación por paracetamol es el único supuesto en el que se dispone de un antídoto específico - la N-acetil cisteína -para prevenir la lesión hepática. Para que sea eficaz la N-acetil cisteína debe administrarse pocas horas después de la ingestión del medicamento (5).

El tratamiento de la enfermedad hepática tóxica idiosincrásica es inespecífico, consistiendo en la rápida retirada del agente y la aplicación de medidas sintomáticas y de soporte. En la colestasis pueden utilizarse la resincolestiramina y los suplementos parenterales de vitaminas liposolubles para el tratamiento del prurito y el déficit de absorción de estos compuestos, respectivamente. Pueden ensayarse los corticoides si la hepatotoxicidad aparece en el contexto de un síndrome de hipersensibilidad, pero la validez de esta medida no ha sido rigurosamente demostrada. De igual modo, el ácido ursodeoxicólico ha sido utilizado con un aparente beneficio en los casos de ductopenia y colestasis prolongada, pero la experiencia no puede superar la categoría de anecdótica. En ambos supuestos el reducido número de casos, susceptibles de tratamiento, junto con la ausencia de controles comparables impide extraer conclusiones válidas (2,3,5,6).

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Prevención

Los estudios previos a la comercialización de un agente terapéutico carecen de sensibilidad para identificar fenómenos de toxicidad hepática por la escasez de pacientes involucrados, ya que para detectar este fenómeno (con seguridad > 95 %) debe aplicarse "la regla de 3"; es decir, que deberían tratarse 3 veces más pacientes que la incidencia esperada (p. ej.: para una incidencia 1/1.000 es preciso tratar un mínimo de 3.000 pacientes) (18). De tal modo que las reacciones hepatotóxicas idiosincrásicas comienzan a detectarse típicamente meses o años tras la comercialización, cuando decenas de miles de pacientes han sido expuestos al medicamento. Así, es importante que los pacientes conozcan que la toxicidad hepática es una complicación potencial de muchos tratamientos farmacológicos y la trascendencia de suspenderlos inmediatamente ante cualquier signo clínico relacionado. Los médicos deben desarrollar una actitud de cautela respecto a la prescripción de fármacos, especialmente con los recién introducidos en el mercado (Tabla II), y notificar cualquier posible reacción hepatotóxica observada a los centros regionales de farmacovigilancia. La identificación de varios casos de hepatotoxicidad, atribuida a un fármaco, en un corto espacio de tiempo puede alertar a las autoridades sanitarias, permitiendo disponer las oportunas medidas de regulación, incluyendo, si fuera preciso, la retirada del mercado del agente en cuestión.

El Registro de Hepatotoxicidad es un estudio específico de farmacovigilancia. Un registro es un sistema de archivo de información especialmente indicado para enfermedades graves (p. ej.: cáncer) y/o relativamente infrecuentes. Los autores Andrade y Lucena coordinan, desde 1994, una experiencia de este tipo en Andalucía (19), con el resultado de un incremento anual del número de casos de hepatotoxicidad comunicados, probablemente como consecuencia del desarrollo, en los clínicos colaboradores, de una actitud de mayor vigilancia. Esto ha permitido detectar una variedad de reacciones hepatotóxicas inusuales, algunas de ellas primeras comunicaciones en la literatura, agregación de casos, identificación de factores de riesgo de hepatotoxicidad y, por ejemplo, la participación decisiva en el proceso de notificación de reacciones asociadas a ebrotidina, al comunicarse al registro 16 casos en cuatro meses (prácticamente la mitad de los casos detectados en el conjunto del Estado) (20).

La monitorización (determinación mensual) de las transaminasas (ALT) séricas es una estrategia frecuentemente utilizada (y de validez asumida aunque no demostrada prospectivamente) para reducir la incidencia de hepatotoxicidad idiosincrásica, cuya base racional es que los casos de toxicidad hepática subclínica y reversible -fenómeno de significado desconocido y denominado "tolerancia" o "adaptación" - son mucho más frecuentes que los de enfermedad clínicamente aparente, y que la interrupción del tratamiento en esta fase de daño hepático leve podría prevenir un evento de mayor gravedad (21). Con excepción de algunos tratamientos, como los antituberculosos o el metrotexato y, entre los nuevos fármacos, el antiretroviral ritonavir, no existe consenso respecto a en qué circunstancias estaría indicada la monitorización. Una guía es este sentido viene recogida en la Tabla II.

Por otra parte, las limitaciones de la monitorización de ALT son diversas (18): a) no es aplicable a fármacos que produzcan hepatotoxicidad por un mecanismo de hipersensiblidad, ya que en estos casos el periodo de latencia es usualmente muy breve; b) habría que privar a muchos más pacientes, de los que finalmente desarrollarían hepatotoxicidad, de un tratamiento potencialmente beneficioso; por una parte debido a que el fenómeno de "tolerancia" puede ser especialmente marcado con alguno fármacos, como las estatinas, que pese a provocar elevaciones asintomáticas muy frecuentes de las transaminasas originan pocos episodios de hepatitis clínica y, de otra, porque tales elevaciones de ALT ocurren también en los pacientes no tratados en una frecuencia variable, dependiendo de factores tales como la proporción de casos de obesidad, consumo de alcohol o hepatitis viral crónica de la población en estudio; c) se requiere una tasa gradual de desarrollo de enfermedad, clínicamente aparente desde la primera elevación de ALT sérica, para que la monitorización mensual sea eficaz; d) debido a la existencia de "elevadores rápidos" de ALT, pueden ocasionalmente aparecer reacciones hepáticas graves pocas semanas tras una determinación normal; e) el grado de cumplimiento de ésta estrategia es usualmente escaso. Una monitorización mas estrecha (quincenal o semanal), aunque difícilmente aplicable, podría evitar algunos casos adicionales. Cabe esperar, que la implantación en un futuro de "test de punción en la yema del dedo" para la ALT, similares a los empleados para la glucosa, mejore el cumplimiento y la eficacia de esta estrategia.

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Bibliografía

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Agradecimientos: este estudio ha sido parcialmente financiado con una beca de la Agencia Española del Medicamento.

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