Última actualización 29 de Noviembre de 2006.


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Diabetes mellitus y enfermedad hepática

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Métodos no invasivos de cuantificación de la fibrosis hepática en la hepatitis crónica por virus C.

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Noviembre 2005
Tratamiento de las hepatitis víricas en pacientes infectados por el virus de la inmunodeficiencia humana

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Septiembre 2005
Afectación hepática en las porfirias.

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Diálisis con albúmina: Un nuevo procedimiento de soporte hepático extracorpóreo.

Febrero 2005
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Abril 2002
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Febrero 2002
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Diciembre 2001
Indicaciones del tratamiento antivírico en pacientes infectados por el virus dela hepatitis C (VHC)

Noviembre 2001
Tratamiento de la encefalopatía hepática crónica

Julio 2001
Hepatotoxicidad por fármacos

Junio 2001
Indicaciones del transplante hepático en las enfermedades colestásicas

Panel de Expertos Noviembre 2006

DIABETES MELLITUS Y ENFERMEDAD HEPÁTICA

Enric Esmatjes Mompó, Joana Nicolau Ramis
Servicio de Endocrinología y Nutrición. Hospital Clínic Universitari. Barcelona.

Correspondencia:
Joana Nicolau Ramis
Servicio de Endocrinología y Nutrición
Hospital Clínic.
C/ Villarroel 170
08036 Barcelona
e-mail: nananicolau@hotmail.com


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INTRODUCCIÓN

La Diabetes Mellitus (DM) supone un desorden metabólico caracterizado por la presencia de hiperglicemia crónica que se acompaña, en mayor o menor medida, de alteraciones en el metabolismo de los hidratos de carbono, de las proteínas y de los lípidos. El origen y la etiología de la DM pueden ser muy diversos, pero conlleva de forma inexorable a la existencia de alteraciones en la secreción de insulina, en la sensibilidad a la acción de la hormona, o en ambas en algún momento de su historia natural. En la DM-1 interactúan factores predisponentes/ precipitantes sobre un sujeto susceptible genéticamente; existe una fase autoinmunitaria o idiopática, donde las células b productoras de insulina se lesionan, con la insulinopenia resultante. La patogénesis de la DM-2 se caracteriza por la existencia de una resistencia a la insulina en el músculo esquelético, tejido adiposo e hígado, así como por una alteración en la capacidad de las células b pancreáticas para segregar suficiente insulina. Éstas son las dos formas clásicas de DM, aunque no se debe olvidar la existencia, menos frecuente, de otros tipos de DM, como las causadas por defectos genéticos de la célula b o tipo MODY (maturity onset diabetes in young).

Según datos de la Federación Internacional de Diabetes (FID), en el año 2003 la prevalencia mundial de DM era de 194 millones de personas, y se prevé que, en el año 2025, como consecuencia del aumento de la esperanza de vida, de un cambio en los hábitos de estilo de vida (aumento del sedentarismo y modificación de los patrones de alimentación), esta cifra ascienda a 333 millones. También en España, los registros indican un aumento progresivo de la incidencia, calculándose una prevalencia media total de entre el 5,6% y el 10% en la población general, llegando hasta el 25% en el subgrupo poblacional de edad superior a 70 años. La DM se sitúa entre las primeras causas de muerte en la mayoría de los países desarrollados. Tanto la alteración metabólica en sí misma como las complicaciones macro y microvasculares derivadas de ella, entre ellas la afectación hepática, consumen entre el 5% y el 10% de un sistema nacional de salud (1).

Por su parte, las hepatopatías crónicas guardan una cierta similitud, en cuanto a su historia natural, con la DM, ya que comprende una serie de estadíos, pasándose, tras uno o varios insultos sobre el hígado (alcohol, virus de la hepatitis B, C, D, enfermedades metabólicas, fármacos, autoinmunidad, etc.) desde una mínima alteración por depósitos de grasa, hasta llegar a la fase final e irreversible de cirrosis hepática, caracterizada por fibrosis y alteración de la estructura del hígado, que adquiere un aspecto nodular.

Es desde hace relativamente poco tiempo que se ha reconocido la afectación hepática como una complicación mayor de la DM. De hecho, la evidencia sugiere que, entre los pacientes diabéticos, la tasa de mortalidad estandarizada debido a cirrosis hepática es incluso mayor que para enfermedad cardiovascular (2, 3, 4). Se ha sugerido un riesgo dos veces superior de enfermedad hepática en los pacientes diabéticos (5).

El hígado juega un papel destacado en el balance energético y el metabolismo de los hidratos de carbono. Se ha estimado que del 30% al 60% de toda la glucosa diaria absorbida en el tracto gastrointestinal se procesa en el hígado, ya sea almacenándose en éste en forma de glucógeno, o metabolizándose hacia aminoácidos o ácidos grasos. Todo ello depende de un exquisito balance entre dos hormonas fundamentalmente, el glucagón ( que promueve la gluconeogénesis e inhibe la síntesis hepática de glucógeno) y la insulina (que estimula la síntesis de glucógeno y frena la producción hepática de glucosa). Este equilibrio se pierde en situaciones de insulinorresistencia (IR), como en la DM-2. (5)

Esta revisión discutirá la relación existente entre la DM y diferentes enfermedades hepáticas, tales como esteatosis hepática no alcohólica (NASH), hepatopatía por virus C, cirrosis hepática, carcinoma hepatocelular, trasplante hepático, hepatopatía enólica y fallo hepático agudo. Se prestará especial interés a la NASH, por su incidencia incrementada en los últimos años. También se repasarán las alteraciones metabólicas producidas a nivel hepático en la DM-2, sin olvidar la monitorización y el tratamiento de la DM en los pacientes con una hepatopatía de base.


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DIABETES MELLITUS Y ESTEATOSIS/ESTEATOHEPATITIS NO ALCOHÓLICA (NASH)

En el año 1979 Adler et al. Observaron al realizar biopsias hepáticas, que algunos pacientes obesos presentaban características anatomopatológicas similares a las de la hepatitis alcohólica, sin tener una historia personal de enolismo crónico; un año después, en 1980, Ludwig propuso el término NASH (esteatohepatitis no alcohólica) para describir una forma de hepatopatía indistinguible histológicamente de la hepatitis alcohólica en pacientes sin antecedentes de ingesta crónica de alcohol. Por ello, la NASH es una entidad anatomopatológica caracterizada por el depósito de lípidos en más de un 5% de los hepatocitos, que comprende un amplio espectro de estadíos, desde la esteatosis simple hasta la fase final de cirrosis, pasando previamente por la esteatohepatitis, con o sin fibrosis, ensombreciéndose el pronóstico a medida que se progresa (20).

Es la causa más frecuente de enfermedad hepática en EE.UU. y los países occidentales en general, con una prevalencia en la población general de hasta un 23%, incrementándose esta cifra hasta un 50% en la población diabética tipo 2, y llegando a ser del 100% si a la DM-2 se asocia la obesidad. Representa la enfermedad hepática crónica más frecuente en DM. En pacientes con elevación crónica de transaminasas la prevalencia va del 21-32%. Actualmente la incidencia y la prevalencia se han incrementado en los países occidentales, paralelamente al aumento de la obesidad, DM-2 y otros rasgos del denominado síndrome metabólico. Dicho aumento también se ha observado en la población pediátrica, debido al creciente problema de sobrepeso en este grupo poblacional (20, 21, 22).

Se han descrito unos factores que predisponen al desarrollo de esta hepatopatía, siendo los más conocidos la DM-2, la obesidad (especialmente la centrípeta) y la hipertrigliceridemia. El riesgo es mayor en el sexo masculino y en la población hispana. La edad avanzada también constituye un factor de riesgo conocido (20, 21, 22)

El concepto de insulinorresistencia

El término insulinorresistencia se remonta a la década de los 60’, cuando fue posible la determinación cuantitativa de la insulina, definiéndose como la disminución de la capacidad de la hormona para ejercer sus acciones biológicas en los tejidos diana específicos, como el músculo esquelético, el tejido adiposo y el hígado (7).

En la actualidad, se considera a la insulinorresistencia (IR) como el nexo de unión de los componentes del denominado síndrome metabólico, definido por un conjunto de alteraciones endocrino-metabólicas y vasculares que conllevan a un riesgo incrementado de ateroesclerosis, enfermedad cardiovascular y DM. En él se incluyen alteraciones en el metabolismo de los hidratos de carbono, alteraciones lipídicas, obesidad, hipertensión arterial, hiperuricemia y alteraciones hemorreológicas (22).

El mantenimiento de la homeostasis de la glucosa depende del equilibrio entre tres procesos: la secreción de insulina, la entrada de glucosa en los diferentes tejidos, hígado y músculo principalmente, y la supresión de la secreción de glucosa hepática. Aunque el tejido adiposo es solo responsable del 4-5% de la glucosa circulante total, juega un papel importante en el mantenimiento de la homeostasis de la glucosa, mediante la producción y secreción de adipocitoquinas. (7,8) Gráfica 1

Es por ello que tanto el metabolismo lipídico como el de los carbohidratos se ven alterados por la IR, así como por el relativo déficit insulínico que ocurre en la DM-2.

La IR disminuye la entrada de glucosa en el músculo y favorece la lipólisis, aumentando los niveles plasmáticos de ácidos grasos libres, potenciándose aún más esta situación, ya que ello incrementa la gluconeogénesis hepática y disminuye el aclaramiento periférico de glucosa.

En condiciones normales, la hiperinsulinemia resultante sería suficiente para suprimir la gluconeogénesis y glicogenólisis hepáticas, aunque en sujetos diabéticos existe una cierta resistencia a estos efectos inhibitorios de la insulina, resultando en una situación de hiperglicemia sostenida. (3)

De la misma manera, el incremento de ácidos grasos libres (AGL) circulantes secundario a la IR produce un aumento del flujo de estos AGL hacia el hígado, con el consiguiente acumulo de éstos, produciéndose un incremento de sustratos para la gluconeogénesis, así como una hipertrigliceridemia debido a una excesiva producción hepática de lipoproteínas de muy baja densidad (VLDL) y Apo-B, así como una falta de supresión de dicha producción secundaria a la IR.

Por todo lo comentado anteriormente, se puede deducir que es necesaria una estrecha interrelación entre el hígado, el músculo, el tejido adiposo y el sistema nervioso central. Específicamente el tejido graso tiene un papel crucial en cuanto a la capacidad para integrar señales y responder secretando las denominadas adipocitoquinas (adiponectina, IFN-a, leptina, IL-6, resistina, angiotensinógeno…). Dado que estas proteínas comparten funciones reguladoras del gasto energético e inmunomoduladoras, una alteración que repercuta en su síntesis, como la IR, conduce a anormalidades metabólicas e inflamatorias. (7).

Etiopatogenia e historia natural

La fisiopatología y la historia natural de la NASH solo se conocen parcialmente, aunque se sabe que la IR constituye la base de todos los acontecimientos que conllevan a esta condición.

La esteatosis refleja el acumulo de AGL en el hígado, como resultado del desequilibrio entre la llegada y la síntesis hepática de AGL, y su oxidación y exportación; así, la IR secundaria a situaciones diversas (DM, obesidad, ayuno prolongado, terapéutica con glucocorticoides, etc.) conlleva a un aumento de la lipólisis, con el consiguiente incremento de AGL circulantes y hepáticos (primer hit). Ello conduce al acumulo de AGL en el hígado por sobresaturación del sistema b oxidativo mitocondrial, incapaz de sintetizar triglicéridos a tanta escala. Ello produce la inducción del sistema del citocromo P450 4A (regulado vía PPAR-d) y 2E1 (sobreexpresado en el hígado de pacientes afectos de NASH), que contribuye a generar radicales libres (estrés oxidativo); si, además coexisten otros potenciales hepatotóxicos (fármacos, virus de la hepatitis…) el proceso se acelera (segundo hit). La peroxidación lipídica resultante induce la formación de hialina de Mallory y activa las células estelladas, encargadas de la síntesis de colágeno, iniciándose el proceso de fibrosis. La activación de citoquinas proinflamatorias (TNF-a, IL-6, MCP-1) también intervienen en esta progresión de la enfermedad (22). Gráfica 2

Se desconocen los factores que hacen que unos pacientes progresen y otros no, aunque se sabe que existe mayor predisposición en personas de edad avanzada, obesos y DM. El pronóstico empeora con cada estadío, y la fibrosis establecida, que ocurre en un 32%-37% de los casos, predispone a la progresión a CH, que cuenta con una mortalidad a los 7 años del 12%-25%; de hecho, muchos casos de cirrosis criptogenética son estadíos finales de NASH (22).

Se ha descrito una asociación entre carcinoma hepatocelular (CHC) y NASH, aunque en la mayoría de los casos el diagnóstico fue concomitante o durante el primer año de seguimiento, y era más frecuente en aquellos casos en que coexistía otro hepatotóxico (enolismo, hepatopatía por virus B, C, etc.). Debido a que la NASH es un factor de riesgo poco frecuente para desarrollar CHC, aún está por determinar la razón coste/ beneficio de realizar un screening en estos pacientes (22).

Aspectos clínicos, de laboratorio e imagen

La mayoría de pacientes se encuentran asintomáticos (48%-100%) o presentan síntomas inespecíficos, tales como astenia, sensación de plenitud en hipocondrio derecho, etc. El diagnóstico se establece de forma casual, bien por el hallazgo de una hepatomegalia indolora (aunque a veces difícilmente valorable por la obesidad existente) o bien por una alteración de las enzimas hepáticas (20, 21, 22).

Existe un aumento 2-3 veces por encima de los límites de la normalidad de AST y ALT, y también son frecuentes el incremento de FA y GGT; a diferencia de la hepatitis alcohólica, la relación AST/ ALT es inferior a 1, aunque los niveles de ALT no se correlacionan con el grado de lesión histológica. Hasta un 50% presentan elevaciones de la ferritina plasmática, reflejo de la inflamación hepática y el daño hepatocitario; el hierro hepático y la sideremia son normales (20, 21, 22).

En los pacientes diabéticos, la IR resultante del acúmulo de grasa hepático puede conllevar a una dificultad en el control metabólico, pese al ajuste pertinente del tratamiento hipoglicemiante. En la mayoría de los casos existe una hipertrigliceridemia (20, 21, 22).

Actualmente se están intentando establecer parámetros para predecir el estado histológico, sin necesidad de recurrir a métodos invasivos; los niveles plasmáticos de hialuronano son un factor bastante fidedigno de estado avanzado de fibrosis en NAFLD, estableciéndose el punto de corte en 42 mcg/ L (VPN 96%, VPP 51%), asumiendo que la prevalencia de fibrosis severa en población afecta de NAFLD es del 20%. El colágeno VI plasmático (dominio 7S) ha presentado resultados similares, si bien se necesitan más estudios (20).

Las pruebas de imagen no distinguen entre esteatosis y esteatohepatitis, únicamente la biopsia hepática proporciona información sobre el estadío exacto y, por tanto, del pronóstico. La ultrasonografía manifiesta un aumento difuso de la ecogenicidad (hígado graso o brillante), con una sensibilidad del 89% y una especificidad del 93%; la resonancia nuclear magnética puede proporcionar una determinación cuantitativa de la esteatosis (20, 21, 22).

La histología de la NAFLD/ NASH es variable, dependiendo del estadío en que se encuentre; así, encontramos esteatosis (leve, si afecta a menos del 33% de los hepatocitos; moderada, entre el 33-66%; grave, cuando la afectación es superior al 66%), inflamación (especialmente centrolobulillar), balonización hepatocitaria, hialina de Mallory, fibrosis y, finalmente, cirrosis (20, 21, 22).

No se sabe hasta qué punto es recomendable la indicación de una biopsia hepática para establecer la fase de la enfermedad, acordando la mayoría de los expertos en realizarla si coexisten muchos factores de riesgo para que ésta progrese (DM, obesidad, sexo masculino, edad avanzada, etc) (20, 21, 22).


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DIABETES MELLITUS Y HEPATOPATÍA POR VIRUS HEPATITIS C

La hepatopatía crónica por el virus de la hepatitis C (VHC) afecta a más de 150 millones de personas en todo el mundo. Datos recientes sugieren que la infección por VHC es un factor de riesgo para desarrollar DM-2, siendo la alteración del metabolismo hidrocarbonado una manifestación extrahepática importante, superada en frecuencia únicamente por la crioglobulinemia (9). Esta asociación no se observa de la misma manera en todas las hepatopatías víricas crónicas, ya que se ha demostrado una incidencia de DM mayor en VHC que en hepatopatías por virus de la hepatitis B (21% versus 10% respectivamente) (4,10). Los estudios hasta ahora publicados sugieren que la hepatopatía por VHC tiene un riesgo 2-3 veces superior de desarrollar DM en comparación con la población general (11). Asimismo, se han descrito otras variables que incrementan el riesgo de DM en VHC, como son: aquellas dependientes del huésped (edad avanzada, sexo masculino, población afro-americana, obesidad, historia familiar de DM…); dependientes del virus (inducción de IR periférica y hepática, incremento de TNF-a, disfunción de la propia célula b…); y el estado del parénquima hepático (esteatosis/esteatohepatitis, fibrosis, inflamación portal…) (3).

El TNF-a juega un papel clave en la patogenia de esta IR, a través de diversos mecanismos: interfiere en la cascada de señales tras la unión receptor-insulina, inhibiendo la tirosín-fosforilación del receptor insulínico y el IRS-1 en los adipocitos; también estimula la lipólisis, con el consiguiente incremento de la IR en músculo e hígado, debido al exceso de AGL circulantes; incrementa la producción hepática de glucosa; interfiere en la regulación de genes que codifican proteínas importantes para la homeostasis de los hidratos de carbono, tales como IRS-1, Glut-4, PPAR-d y adiponectina; interfiere con la función de la célula b, bien mediante toxicidad directa, o mediante la insulinorresistencia. El TNF- a ejerce sus efectos uniéndose a receptores de membrana (TNFR), habiéndose encontrado incrementados los valores de su forma soluble (sTNFR) en pacientes diabéticos y VHC positivos. El papel del TNF- a en la patogenia de la IR en los pacientes hepatópatas crónicos se corroboró al demostrarse, en estos casos, niveles intrahepáticos incrementados de TNF- a, así como la mejoría de las anormalidades metabólicas cuando se administran anticuerpos anti-TNF- a en estos pacientes (9,12).

Aunque tanto el lugar de acción donde el TNF- a ejerce sus efectos metabólicos en humanos, como el mecanismo de acción (endocrina, autocrina o paracrina) no está del todo claro, es indudable su papel clave en la patogénesis de la DM en VHC.


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DIABETES MELLITUS Y CIRROSIS HEPÁTICA

El “Verona Diabetes Study”, un estudio poblacional que comparó las causas de mortalidad de los pacientes DM-2 respecto a la población general, se observó que la tasa de mortalidad estandarizada era superior para cirrosis hepática (CH) que para enfermedad cardiovascular (2,52 versus 1,34). Más aún, la ratio para CH era superior en los pacientes insulinodependientes (6,84) que para aquellos con DM en tratamiento con antidiabéticos orales, atribuyéndose a una probable mayor duración de la enfermedad, o bien a la posibilidad de que la hiperinsulinemia predisponga a desarrollar enfermedad hepática (4).

La prevalencia de DM es desproporcionadamente superior en pacientes con cirrosis criptogenética, y la causa más frecuente de ésta es la esteatohepatitis, cuya etiología más común es la DM-2 (3).

Parece ser que más del 80% de los pacientes cirróticos tienen IR, y de éstos, entre un 20% y un 63% desarrollarán DM (14). La etiopatogenia es multifactorial (IR periférica y hepática, hiperinsulinemia, disfunción de la célula b…). Un mecanismo determinante para el desarrollo de IR en la CH, y que ha sido objeto de debate durante largo tiempo, es la hipertensión portal (HTP) secundaria a la CH. Debido al shunt portosistémico existente en estos casos, aparece una situación de hiperglucagonemia, ocasionando una secreción hepática excesiva de esta hormona contrarreguladora hacia la circulación esplácnica. Asimismo, se reduce el aclaramiento de insulina, por la repercusión negativa ejercida por la CH sobre el primer paso hepático, observándose niveles incrementados de insulina con valores normales de péptido C (disminución del ratio péptido C/ insulina). (3, 23, 25).

La DM secundaria a la CH discrepa en algunos puntos con la DM-2 “típica”, ya que la historia familiar positiva suele ser más débil, y existe un riesgo menor de complicaciones oftalmológicas y cardiovasculares (13).


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DIABETES MELLITUS Y CARCINOMA HEPATOCELULAR

El carcinoma hepatocelular (CHC) es la quinta causa mundial de neoplasia, siendo responsable de más de 500.000 muertes anualmente. La mayoría se desarrollan sobre una hepatopatía de base (2). Muchos estudios han demostrado una incidencia de DM 2 a 4 veces superior entre pacientes con CHC, persistiendo esta diferencia tras ajustar por edad, sexo, hepatitis vírica o alcohólica… (2, 6). Este riesgo es diez veces superior si existe una hepatitis vírica y/o consumo de alcohol concomitante (15). En la cirrosis criptogenética, donde un porcentaje importante son obesos y/o diabéticos, el riesgo relativo de CHC es de 11,1 (2).

La carcinogénesis hepática es un proceso multifactorial, en donde un evento inicial (IR, hiperinsulinismo) da lugar a un daño en el material genético, con la consiguiente formación de una línea celular mutada y potencialmente cancerígena. La hiperinsulinemia se asocia a un riesgo de CHC de hasta 3 veces superior al de la población general, mediante la sobreexpresión de factores de crecimiento específicos (IGF-1, IRS-1), induciéndose la proliferación celular. La IR se asocia a estrés oxidativo y generación de radicales libres vía peroxidación lipídica, produciéndose mutaciones en genes supresores de tumor, como p53, así como sobreexpresión de citoquinas proinflamatorias, tales como TNF- a (16, 17).

El pronóstico del CHC tras tratamiento, bien mediante resección quirúrgica, quimioembolización o inyección percutánea de alcohol, es peor en los pacientes diabéticos, con una supervivencia significativamente menor a los 5 y 10 años (2,14).

 


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DIABETES MELLITUS Y TRASPLANTE HEPÁTICO

Al revisar la DM en relación al trasplante hepático (TOH), hay que tener en cuenta si esta DM es pretrasplante, o por el contrario aparece una vez llevado a cabo éste (NODM “New Onset Diabetes Mellitus”).

DM pretrasplante:

Un análisis reciente de la base de datos UNOS (United Network for Organ Sharing Database), tras analizar durante un período de 5 años los datos de 1.629 DM-1 y 1.618 DM-2 sometidos a TOH, se objetivó una menor supervivencia en este colectivo, tanto del injerto como del propio individuo, así como un incremento de la morbilidad, en forma de complicaciones cardiovasculares, oftalmológicas y una mayor predisposición a las infecciones (2, 18).

DM post-trasplante (NODM):

Existe una sólida evidencia del aumento de mortalidad tres veces superior en este grupo, debido sobretodo a complicaciones de tipo infeccioso; en cambio, los datos sobre si existe un riesgo de rechazo del injerto incrementado, son contradictorios (21).

Previo al TOH, se debería cuantificar el riesgo de desarrollar NODM, en función de la presencia de más o menos factores de riesgo, que pueden ser:

1. Dependientes del huésped: cirrosis alcohólica, sobrepeso/obesidad, sexo masculino, etnia afro-americana, historia familiar positiva. La edad no parece tener relevancia, al contrario de lo que ocurre en el trasplante renal.
2. El tratamiento inmunosupresor es el factor de riesgo modificable más importante. En diferentes estudios realizados (trasplante renal, hepático, cardíaco) el régimen inmunosupresor utilizado cuenta con un 74% de variabilidad en la incidencia acumulada de NODM a los 12 meses post-trasplante. Se sabe del efecto diabetogénico de los glucocorticoides (por un mecanismo de IR); estudios recientes han demostrado que cada bolus de metilprednisolona administrado incrementa el riesgo de NODM un 9%. Los inhibidores de la calcineurina son otro punto donde actuar, ya que aumentan el riesgo de NODM por mecanismos diversos, tales como IR o toxicidad directa sobre la célula b. Se sabe que el tacrolimus (FK-506) es más diabetogénico que la ciclosporina A (CyA); el estudio LIS2T, donde se randomizaron 495 TOH a CyA o FK-506, se objetivó a los seis meses de tratamiento un 14% de NODM en los pacientes que recibían tacrolimus frente a un 7% en el caso de la CyA (p< 0,02). En los pacientes con factores de riesgo para desarrollar NODM, debería tenerse en cuenta a la hora del tratamiento inmunosupresor, aunque nunca debiera ponerse en peligro la supervivencia del injerto (18).
3. Si la infección por VHC predispone o no a NODM no está aún clara en el caso del TOH (se sabe que es un factor de riesgo en el trasplante renal), con resultados dispares en los diferentes estudios realizados (18).

A veces, la forma de presentación de la NODM es similar a la DM-1, sobretodo cuando ocurre en el período inmediato al TOH, debutando de forma abrupta, incluso en cetoacidosis diabética; en estos casos, aparte de corregir la situación aguda con fluidoterapia y perfusión endovenosa de insulina, será necesaria la insulinoterapia para el conseguir un buen control glucémico. Sin embargo, la mayoría de formas de debut son más solapadas en el tiempo, con una clínica de meses de evolución, similar a la DM-2, optimizándose el perfil glucémico con hipoglicemiantes orales (18).

 


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DIABETES MELLITUS Y ENOLISMO CRÓNICO

Varios estudios epidemiológicos han demostrado que el abuso de alcohol incrementa hasta en un 50% el riesgo de desarrollar DM-2. El daño pancreático secundario al enolismo crónico origina una disminución de la secreción insulínica por parte de las células b, propiciándose una situación diabetogénica. También actúa alterando el metabolismo hidrocarbonado y lipídico, ya que el etanol sustituye a las grasas y los carbohidratos y pasa a ser el sustrato energético principal del metabolismo oxidativo, con la IR resultante. El potencial diabetogénico del etanol se manifiesta no solo a nivel hepático, sino también en otros tejidos periféricos. Tal y como se ha observado en estudios experimentales, la administración sostenida de alcohol conduce a una respuesta a la insulina disminuida para suprimir la salida hepática de glucosa, y también interfiere en la entrada de azúcar al hígado y a nivel de músculo esquelético, dificultándola. La inflamación crónica hepática originada por el enolismo crónico también explicaría la IR secundaria, mediante la producción de citoquinas, como TNF-a (23).



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DIABETES MELLITUS Y FALLO HEPÁTICO AGUDO

Es una entidad poco frecuente, con una incidencia de 1,44/10.000 pacientes-año, de etiología mayoritariamente idiosincrásica (2). Estudios recientes indican que la DM aumenta el riesgo de fallo hepático agudo, con una incidencia en este subgrupo poblacional de 2,31/10.000 habitantes-año, claramente superior (2, 3).

La explicación para este aumento de incidencia en la población diabética no queda clara, pudiéndose atribuir al daño hepático producido por la propia DM, que lo hace más susceptible a futuros insultos, tales como fármacos, tóxicos ambientales, etc.



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MONITORIZACIÓN Y TRATAMIENTO DE LA DIABETES MELLITUS EN PACIENTES CON ENFERMEDAD HEPÁTICA

El manejo de los pacientes hepatópatas con una DM concomitante, bien preexistente o secundaria a dicha hepatopatía, debe ser llevada a cabo por un equipo interdisciplinario, ya que su evolución depende de un exquisito equilibrio entre riesgo-beneficio de tratamiento, control óptimo de las diferentes patologías, etc. Deben descartarse otros rasgos del denominado síndrome metabólico, para así poderlo tratar adecuadamente, así como establecer el riesgo cardiovascular .

Para poder establecer el diagnóstico de forma precoz, debe monitorizarse periódicamente la glicemia basal, especialmente en las situaciones diabetogénicas (tratamiento con glucocorticoides, desarrollo de CH, etc.) o si existe clínica compatible. En el caso de encontrarse una glicemia basal alterada (110-126 mg/dl), sería recomendable la realización de un test de tolerancia oral a la glucosa (TTOG).

La hemoglobina glicosilada (HbA1c), que proporciona la media de glicemia de los 120 días precedentes aproximadamente (vida media de un eritrocito), sirve para determinar el grado de control metabólico de un paciente diabético durante ese período de tiempo; debería realizarse trimestralmente en los pacientes DM. Dependiendo del método utilizado, los valores oscilan entre 4-6% en los no diabéticos, y reflejan un aceptable control metabólico, en caso de pacientes DM, si son inferiores a 7%. Sin embargo, se ha sugerido que la HbA1c no es totalmente fiable en presencia de CH, en donde numerosos factores pueden sesgar el resultado, ya sea aumentándolo, como en el déficit de hierro o, por el contrario, infravalorándolo, como en la anemia hemolítica secundaria al tratamiento con ribavirina o la disminución de la vida media eritrocitaria. La fructosamina, otro parámetro de control metabólico basado en la glicosilación de proteínas, principalmente la albúmina, aunque la media de glicemia en este caso es de los 15 a 30 días precedentes. En condiciones habituales, la fructosamina es poco utilizada, y también puede verse alterada por la hipoalbuminemia frecuente en las hepatopatías. Por todo ello, junto a las medidas de control comentadas, va a tener gran importancia la determinación de las glicemias pre y postprandiales que el paciente se efectúe en su domicilio.

El tratamiento de la DM en estos pacientes se ve influenciado por dicha hepatopatía, así como por las comorbilidades asociadas, tales como el déficit nutricional, el abuso de alcohol, etc, dificultando el control metabólico. En cuanto al tratamiento farmacológico hipoglicemiante idóneo para estos pacientes, existen pocos estudios que comparen las diferentes opciones terapéuticas, por lo que, ante la ausencia de protocolos, se deberían seguir las recomendaciones generales efectuadas para el tratamiento de la DM, valorando en todo momento la situación clínica del paciente (3).

Modificación del estilo de vida:

El sobrepeso/obesidad es una alteración metabólica asociada frecuentemente a la DM-2, por lo que en estos casos la pérdida ponderal será un objetivo importante, sobretodo si coexiste esteatosis hepática.

El primer escalón terapéutico en estos pacientes es la modificación de los hábitos de vida diaria, mediante dietas equilibradas, o hipocalóricas en el caso de que se persiga una reducción ponderal, recomendándose un decremento máximo de 1,5 kg/semana. Pérdidas de peso rápidas pueden empeorar la situación, debido al incremento de AGL secundarios a la lipólisis desencadenada por el ayuno. Se ha observado que las dietas con un elevado índice glicérico predisponen a la esteatosis hepática, sobretodo si ya existe un cierto grado de IR. La actividad física mejora la sensibilidad periférica a la insulina en todos los pacientes diabéticos, y complementa a la dieta hipocalórica en la reducción ponderal. El alcohol debería evitarse en pacientes diabéticos y hepatópatas, por el potencial hepatotóxico, su alto contenido calórico y su riesgo de interaccionar con las sulfonilureas y la insulina. El tabaco también se desaconseja, al incrementar aún más el riesgo cardiovascular (3, 21, 22).

Tratamiento farmacológico y aspectos hepatotóxicos:

La terapéutica hipoglicemiante en pacientes con enfermedad hepática se ve influenciada por el metabolismo hepático que tienen muchos fármacos y la posible hepatotoxicidad resultante, aunque dicho metabolismo solo se ve alterado en pacientes con hepatopatía severa. En este tipo de pacientes se recomienda empezar con un secretagogo (sulfonilureas o metiglinidas), pasando a insulina si no se cumplen los objetivos de control metabólico. Existe una evidencia cada vez mayor que los insulinosensibilizantes (metformina o tiazolidinedionas) son especialmente útiles en pacientes con esteatosis hepática (3).

Sulfonilureas (SU): son fármacos seguros en estos pacientes, aunque a veces no son capaces de vencer la insulinorresistencia y los defectos de secreción insulínica en hepatopatía alcohólica y daño pancreático crónico. La hipoglucemia prolongada se ha visto en pacientes con enolismo crónico y uso concomitante de SU de vida media larga. Algunas SU (clorpropamida, gliburida, glipizida, tolbutamida) se asocian más comúnmente a hepatotoxicidad, siendo la colestasis la forma de presentación más frecuente, y existiendo solo un caso, descrito en la literatura, de fallo hepático agudo y otro de granulomas.

Metiglinidas: la repaglinida y metiglinida son especialmente útiles en el caso de hiperglicemia postprandial. No producen hipoglucemia y no se han asociado a hepatotoxicidad.

Biguanidas: la metformina actúa disminuyendo la producción hepática de glucosa y promoviendo la insulinosensibilidad. No se recomienda su uso en pacientes con hepatopatía o enolismo crónicos, ya que puede exacerbar la acidosis láctica; sin embargo, la metformina no se ha asociado a hepatotoxicidad. Es particularmente útil en pacientes con sobrepeso, ya que puede ayudar en la reducción ponderal. Las molestias gastrointestinales (meteorismo, diarrea, pesadez…) son las más frecuentes y disminuyen con el uso continuado, y generalmente se pueden aliviar con la introducción paulatina de la dosis deseada.

Tiazolidinedionas: la pioglitazona y rosiglitazona, actúan como ligandos PPAR-d (peroxisomal proliferators activated receptor gamma), factores de transcripción nucleares de algunos genes que codifican enzimas involucradas en la b oxidación mitocondrial y los peroxisomas. Actúan principalmente sobre el tejido muscular y graso, facilitándose la diferenciación a adipocitos maduros, promoviéndose su capacidad para almacenar AGL, mejorando así la sensibilidad a la insulina e impidiendo el depósito excesivo de AGL en el hígado. Son especialmente útiles en la esteatosis hepática, ya que los estudios hasta ahora realizados objetivan una mejora histológica, con una reducción del contenido de grasa hepático. También incrementan los niveles de adiponectina. Ambos fármacos causan incrementos transitorios de ALT, recomendando su monitorización. El riesgo de fallo hepático agudo es mucho menos frecuente que con la troglitazona, actualmente retirada del mercado; se han publicado 64 casos de fallo hepático agudo debidos a rosiglitazona y 37 en el caso de pioglitazona, aunque no se sabe hasta qué punto juegan un papel principal, ya que en la mayoría de casos existían otros fármacos hepatotóxicos y eventos cardiovasculares concomitantes. El único efecto adverso a destacar es la ganancia ponderal que en ocasiones se produce, dada la redistribución del tejido adiposo de visceral a subcutáneo.

Inhibidores de la a-glucosidasa: actúan enlenteciendo la absorción de hidratos de carbono y, por tanto, disminuyendo la hiperglicemia postprandial; suelen asociarse con otros hipoglicemiantes, ya que por sí solos no consiguen un control metabólico óptimo. La acarbosa puede causar elevaciones leves y temporales de ALT, y en raras ocasiones enfermedad hepática severa; sin embargo, no se recomienda en pacientes con CH. El miglitol no se asocia a hepatotoxicidad. Los efectos adversos más frecuentes, al igual que las biguanidas, son de tipo gastrointestinal.

Insulinoterapia: la mayoría de pacientes hepatópatas no consiguen un adecuado control metabólico con los fármacos descritos anteriormente, debiéndose recurrir a la insulinoterapia; aunque el perfil glucémico mejora, los datos sugieren que raramente se consigue una optimización de éste, y se requieren dosis insulínicas superiores a las habituales. Las pautas insulínicas no difieren de los otros pacientes diabéticos y sin
enfermedad hepática concomitante

 


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CONCLUSIONES:

La DM, y específicamente la DM-2, se asocia a un amplio abanico de enfermedades hepatobiliares, influyendo la una sobre la otra en cuanto a formas de actuar y pronóstico; de hecho, la afectación hepática se considera una complicación mayor de la DM. Especialmente cuando la DM forma parte del denominado síndrome metabólico es muy frecuente su repercusión sobre el hígado en forma de NAFLD/NASH, cuyo único tratamiento eficaz demostrado es el control metabólico. La existencia de una hepatopatía de base complicará el tratamiento de la DM-2, ya que algunos hipoglicemiantes orales se han asociado a hepatotoxicidad.

Gráfica 1. Efectos metabólicos de la insulinorresistencia

Gráfica 2. Hipótesis de los “2 hits” en NAFLD/NASH


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